Un caballero español

Daniel Nul

Suiza es un país pequeño donde todo parece estar muy ordenado. Ginebra es una ciudad apacible, donde hay poca gente en todas partes y un silencio muy sedante.

El congreso había terminado temprano esa tarde y nos quedaban unas horas de luz para descubrir la ciudad.

Nuestro guía, en ese momento el  sexagenario doctor Allighieri,  parecía querer demostrar no sólo su buen francés, su cultura y su conocimiento de historia, sino que además nos desafiaba a caminar más rápido como si fuera una justa deportiva que lo hacía sentir rejuvenecido.

Sólo Herman podía darle batalla en sus narraciones históricas acerca de Calvino y la reforma de la Iglesia, pero pronto debió elegir entre hablar o respirar.

Por fin llegamos al famoso chorro de agua. El viento dispersaba las gotas de agua en una lluvia que nos mojaba tímidamente, como si nos purificara en pos del sagrado internacionalismo que impera en Ginebra. ¡Sí! Nos sentíamos no sólo argentinos, sino también ciudadanos del mundo.

El sol se ponía y empezaba a hacer frío.

Paúl, el más joven y también el más cansado, sugirió tímidamente,

– ¿No tienen hambre?

Allighieri, que no quería abandonar así como así su liderazgo, rápidamente reaccionó;

– Conozco un bello restaurante que está al otro lado del río. Él era el jefe y todos le teníamos aparte de un aprecio especial,  respeto y admiración.

– Estuve allí hace diez años, -agregó- desde aquí lo pueden ver.

Por un momento pensé si no era mejor una hamburguesa en Mac Donald´s que sólo estaba al otro lado de la calle.  Sería una herejía a los ojos del jefe.

Seguir al jefe no iba a resultar barato, porque es un gourmet exquisito. Por suerte éramos siete para repartir los gastos.

Volver a cruzar el puente con el viento en contra acrecentó el apetito. Allighieri caminaba velozmente treinta metros adelante; el resto le pedía clemencia y lo distraía con preguntas inverosímiles sobre tal o cual monumento para que se detuviera a brindarnos una respuesta enciclopédica que nos permitiera recuperar el aliento.

El restaurante estaba a tono con la jerarquía esperada. Todo recubierto de madera parecía el viejo Munich donde acostumbrábamos comer salchichas con chucrut. Una música vienesa acompañaba a las camareras rubias y altas, de ojos celestes y busto prominente.

Había poca gente que hablaba en voz baja, temí que nuestra irrupción podía quebrar intempestivamente la quietud del lugar.

Ocupamos una mesa larga flanqueada por otras mesas iguales ocupadas por pocos comensales. En las paredes había enormes cuadros que mostraban la ciudad medieval,  semiocultos por los jamones que colgaban del techo. A la hora de elegir el menú, decidimos por unanimidad que fuera Allighieri quien ordenara. ¿Quién sino, ya que la carta estaba en francés?

– ¡Le potage para todos! – propuso. – Entremos en calor y luego veremos.

Estábamos saboreando el potage, cuando, de pronto, alguien a mis espaldas – yo estaba en la punta de la mesa – exclamó

– ¡Argentinos!

Todos levantaron la vista y yo tuve que darme vuelta para ver quién interrumpía de esta manera nuestra degustación. Parado al lado mío, un hombre cuarentón, exquisitamente vestido con un traje príncipe de Gales, reclamaba nuestra atención.

Su corbata de vívidos colores haciendo juego con un pañuelo que colgaba del bolsillín del saco casi limpiaba la sopa que se me había derramado por la cara. Su perfume francés tenía una fragancia agradable y su pelo lacio, simétricamente recortado parecía pintado, de modo que no necesitaba peinarlo.

Posó amistosamente su mano sobre mi hombro; uñas prolijamente esmaltadas con tono natural.

– No pude evitar escucharlos – comentó alegremente con inconfundible acento ibérico.

– ¿Argentinos, verdad? ¿Médicos?

– Sí – dijimos al unísono.

-Tengo un entrañable amigo argentino que no me perdonaría si no me detengo a saludarlos. También médico, excelente traumatólogo; y los asados que me suele invitar son memorables.

– ¿Cómo se llama su amigo? – preguntó Allighieri tratando de corresponder al caballero Español.

– Él es de Santa Rosa, La Pampa. Se llama Gerardo López, gran traumatólogo, por cierto. ¿Ustedes son…?

Otra vez al unísono – ¡Cardiólogos!

– Están en un congreso, ¿no?

-Sí – contestó Lugo desde el otro extremo de la mesa – un Congreso Mundial, en el Centro de Convenciones.

-¡Argentina! – repetía el caballero español, extasiado, mientras hacía un gesto admirativo con la mano. – El tango, el vino, las más bellas mujeres, el mejor fútbol, ¡Maradona!

– ¿Usted visitó la Argentina? – Interpuso Jorge, invadido de sus habituales saudades folklóricas.

– Por supuesto. Tengo amistades muy queridas allí y pronto debo viajar a Buenos Aires, por negocios.

-Me dedico a la importación y la exportación – continuó anticipándose a la pregunta que Serpio ya tenía a flor de labios – Ustedes están creando una verdadera revolución con eso del Mercosur. Nosotros ya tenemos el Mercado Común europeo y somos el nexo perfecto con Sudamérica. ¡Por algo somos la madre patria!

Estábamos hipnotizados. ¡Tanta caballerosidad, tanta emoción y simpatía! Nada que ver con los vulgares cuentos de gallegos que Serpio solía descerrajar despiadadamente.

– Bueno hermanos… ¿puedo llamarlos hermanos?, los dejo. No imaginan la alegría que me ha dado saludarlos en nombre de mi amigo Gerardo López. Cuando vuelva a Andalucía le voy a contar que estuve con un distinguido grupo de colegas suyos. ¿Su nombre es…? – agregó dirigiéndose a Allighieri,  adivinando que era el “hermano mayor” del grupo.

Allighieri  le estrechó la mano y le entregó una tarjeta personal que el caballero español retribuyó con la suya. Finalmente, alzó los brazos al estilo Perón, dio media vuelta y se fue.

Por unos minutos nadie atinó a decir nada. Hasta que Herman, por lo general el más incrédulo, expresó lo que todos pugnaban por decir,

– ¡Qué tipo sensacional!

El parmesan para le potage había sido insuficiente y, entonces, Allighieri llamó al mesero mientras asentía la apreciación de Herman.

Paúl, fanático de Boca, repetía la voz en cuello para que todos escucharan,

– ¡Maradona, Maradona! Siempre, vayamos donde sea todo el mundo nos asocia con Maradona. ¡Esto es grande, viejo. Grande, grande!

Lugo desaprobaba – Nunca vamos a cambiar. La eterna paradoja de la Argentina. ¡Así nos va!

Después del café de rigor,   Allighieri  pidió la adición.

Si hay un lugar caro en el mundo es Suiza.

-¡Muchachos, nos rompieron la cabeza de nuevo!- Dije.

Cada uno buscó en los bolsillos los fondos para afrontar el fardo mientras  Herman hacía entretanto el cálculo de lo que le tocaba aportar a cada uno.

Lugo y Paúl habían dejado sus sacos colgados en los respaldos de sus sillas y se tuvieron que levantar para hurgar sus bolsillos. De pronto entraron en una danza frenética porque los bolsillos estaban vacíos. Una y otra vez buscaron y rebuscaron; dieron vuelta los bolsillos del pantalón, miraron bajo la mesa, infructuosamente.

Allighieri paternalmente preguntó,

– Muchachos, ¿no habrán dejado las billeteras en el hotel?

-No – dijo Paúl – si la usé por última vez cuando compré ese reloj cu-cú en la salida del puente.

Lugo se agarraba la cabeza y maldecía con munición gruesa. – ¡Por qué no habré dejado la plata en la caja de seguridad!

Su rostro habitualmente encendido que le valía el apodo de “colorado” parecía ahora un tomate.

Fue instantáneo; todos nos miramos y reparamos cómo el caballero español nos encandiló con su labia haciéndonos perder el sentido de alerta.

¡pero quién puede creer que te afanen en Suiza!

Herman empezó a desarrollar su acostumbrado enfoque científico,

– ¿Quién estaba al lado de ustedes en la otra mesa? Recordamos vagamente que había dos mujeres y un hombre que se retiraron un rato antes.

– Esto es imposible – repetía Paúl, acongojado como aquel día en que Boca perdió el campeonato en el último partido, mientras Allighieri y yo tratábamos de ordenar la acción a tomar.

La calma resurgió como un suspiro de resignación, después de todo estábamos en Europa y aún faltaba más de la mitad del viaje.

El espíritu deportivo filosófico de Allighieri renació

– ¡Amigos argentinos! señores, camaradas, ¡levanten el ánimo! Piensen que fuimos timados nada menos que por un artista, un profesional de guante blanco, un caballero Español, un…un…un…hijo…hijo de la madre patria. –

-Imagínense; como se reirán cuando en un futuro se lo cuenten a sus hijos o por qué no a sus nietos.

Paúl levantó la cabeza y lo encaró a Allighieri en forma suplicante.

-¡Jefe! Cuénteselo a su esposa o a sus nietos, pero por favor…por favor……..no lo cuente en el hospital.

(Anécdota de viaje de un distinguido grupo de cardiólogos. Los nombres son ficticios.)

3 Respuestas a “Un caballero español

  1. Mario Gutièrrez

    Muy bueno…y la descripción de Ginebra, su belleza, su limpieza y pulcritud… es brillante…y el lago de choro, (dudo que no recuerdes como se llama) el lago Lemán, o lago de Ginebra es maravilloso, pero como bien se narra…en Ginebra..También afanan……..

  2. el relato muy bien escrito,tiene gancho desde el principio,la descripcion de la ambientacion muy bien enlazada,el lector se situa en SUIZA ,y el broche inesperado y jocoso .

  3. Daniel;
    Me han faltado tripas para reírme. En tus preciados años dorados podrás dedicarte a escribir novelas, tu prosa es muy agradable. Los que estoy seguros te disfrutarán serán tus nietos/nietas…
    Rolando Cuevas.

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