La decisión de cuándo dejar ir al paciente – Ser Humano-

Adrián Charask

Una noche estaba terminando de atender en mi consultorio cuando suena el teléfono. Era la hija de Sofía, su madre tenía fiebre. Le indiqué un tratamiento y quedé en evaluarla a la mañana siguiente. La Sra. Sofía era mi paciente hace más de 15 años y a pesar de su edad hace poco tiempo que dejó de trabajar como traductora. A su marido también lo atendí, él falleció hace varios años atrás debido a una miocardiopatía dilatada. Sofía era una mujer muy racional, de comentarios filosos y certeros, siempre iba al grano, con su mirada firme y contundente: directa. Ella siempre rodeada por sus familiares. Sofía, recién este último tiempo había comenzado a tener algunos trastornos cognitivos: pérdida de memoria y episodios de desorientación temporo-espacial. Su principal antecedente clínico fue hipertensión arterial de origen reno-vascular pero que con tratamiento médico lo sobrellevó bastante bien. Sin embargo, esa madrugada debí internarla de urgencia en terapia intensiva. Fui a verla al nosocomio. La encontré bastante bien, solo con algunos rales. “¿Cuándo me voy a mi casa, Doctor?” fue lo primero que me preguntó “En cuanto se mejoré, Sofía”. A las 48 hs. pasó a sala general. A los pocos días, presentó insuficiencia respiratoria aguda. Hubo que intubarla. Estuvo en ARM más de una semana con diagnóstico de bronconeumonía de base izquierda, también se complicó con sepsis a estafilococo secundario a catéter. Finalmente, pudo extubarse. Aunque ella apenas podía hablar, hacía sus mayores esfuerzos por comunicarse: ¡Quería vivir! Sus nietos estaban todo el tiempo con ella y se notaba un vínculo de mucho amor y cuidado. A pesar de estar un mes internada pudo irse a su casa, se alimentaba a través de una sonda naso-enteral. En la casa estaba radiante, sus hijos y nietos le habían preparado una habitación especial. Cuando la examinaba no podía creer como esta mujer a dos meses de cumplir 90 años se había recuperado. En su casa, al tercer día, vuelve a repetir un cuadro de insuficiencia respiratoria aguda y debe reinternarse de urgencia en UTI. El diagnóstico fue de una nueva bacteriemia que con medidas no invasivas ventilatorias pudo mantenerse durante 48 hs. De todos modos debió ser intubada con diagnóstico de una nueva bronconeumonía contralateral a la primera. Sofía no sufría, de eso estaba seguro. Todos los días me reunía con la familia. La preocupación era constante, al igual que la tranquilidad de ellos al saber que no había dolor alguno. Al cabo de otra semana los parámetros respiratorios mejoraron y empezó a estar en soporte respiratorio, luego de tres largos días de intubación y casi sin sedación pudimos extubarla. Ese día estuvo más conectada a su familia que nunca. La sensación interna que tuve fue increíble. Parecieron días pero la alegría duró solo veinticuatro horas, dado que el pulmón se inundo de líquido y tuvimos que reintubarla. Ahora, ya no era una infección sino la suma de muchos factores. Tomé la decisión de dializarla. Al cuarto día de diálisis se vislumbraba realizar una traqueotomía. La pobre familia estaba destrozada. Aquí, es cuando se me hace más complicado escribir, poner en palabras el qué hacer. Desde el punto de vista médico se podía continuar, pero desde el punto de vista humano los dos hijos no querían seguir adelante: ¿Qué decisión debíamos tomar? “¡Sofía nunca hubiese querido esto para ella!”, me comentó la hija. Le transmití a la familia que dejar de dializarla no garantizaba un óbito inmediato, dado que su corazón respondía sin necesidad de drogas estimulantes. Recuerdo todavía el café de esa mañana, me la había dejado libre para reflexionar sobre qué decisión debía tomar, hice una consulta a un médico legista que me ayudo con esta fuerte decisión. Me reuní con la familia y llegamos a un común acuerdo de dejarla de dializar y mantenerla profundamente sedada (sellado por escrito y colocado en la historia clínica). A partir de esa decisión todos sentimos un gran alivio, la situación se prolongo por casi otra semana y finalmente Sofía falleció. En esos días de incertidumbre se aclararon mis ideas dado que encontré un límite no sólo focalizado en lo orgánico sino en el relato familiar. El encarnizamiento médico ocurre y cuándo parar, muchas veces, implica una decisión difícil. Hoy, vuelvo a sentarme en el café y me despido de Sofía con todo mi afecto y mis mejores recuerdos: ella, entera y firme.

Agradecimientos: Dr. Julio Ravioli y Camila Charask

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