Es mejor el sendero que llegar a la posada

 

                               

 

   Jorge C. Trainini                      

               A un Médico, Juan Manuel Astiz

 El presente es el instante del espacio-tiempo en que la realidad

queda en el pasado y la imaginación continua viaje al futuro. 

 

La planicie hacia el oeste de Buenos Aires se extendía exuberante de pasto verde. Cuando la ciudad quedó oculta detrás de las últimas edificaciones se ofreció a sus ojos un descampado que trepaba hasta el mismo horizonte, apenas quebrado por hileras de casuarinas tupidas y resonantes de vida en el inicio del verano. Los pájaros buscaban ejercitar sus alas en el aire cálido antes del primer vuelo de la mañana, previo a picotear la gramilla húmeda del rocío. Entornó los párpados. Las imágenes del bullicio en la ciudad se encimaban con el sosiego del paisaje. El traqueteo monótono del caballo de hierro sobre los durmientes lo envolvió de un ligero sopor que lo fue llevando al sur natal, donde los vientos reinaban arrastrando hasta las conciencias a empellones.  Cada tanto un pitazo fulgurante desprendía del techo de la máquina un humo grisáceo que se escabullía hacia las alturas imaginando figuras que se apeaban del tren.

La máquina a vapor resopló un instante antes de extenderse lánguida en el descanso de la estación. Los vagones como vértebras corcovearon ligeramente para acomodarse en la quietud del andén. Descendió detrás de sus dudas, al frente el cartel que anunciaba “LUJAN” lo introdujo en el futuro. Apenas se había iniciado 1955 en ese 2 de enero. Al salir a la explanada un viejo tango orillero de su gusto rezongaba desde algún lugar que no supo precisar. Algunas chatas consumían el calor al acecho de un viaje al corazón del pueblo. El sol era un ave rapaz incandescente prendido a una presa de tierra. Cruzó lentamente en diagonal la calle observando un croquis que le servía de destino. De pronto se topó con alguien que podía, por la edad, ser su padre. De regular estatura, ceniciento su cabello acomodado hacia atrás, impecable el pantalón azul claro y la camisa del mismo tono a cuadros, zapatos relucientes, presintió que lo estaba esperando. El que aguardaba supo al instante que era el esperado. Sin haberlo comprendido intuían la rara seguridad de conocerse desde siempre. Que venían haciéndolo desde el primer hecho consciente que ambos recordaban.

-¿Qué hace usted?- preguntó el mayor.

-Hasta ahora era médico en la gran ciudad. Estuve abocado a una carrera contra el tiempo, serpenteando por las calles y los sitios hasta llegar siempre tarde…

-…Sin tiempo… en realidad… digo.

El recién llegado se tomó un momento de reflexión para contestar. –Es cierto, sin tiempo; quizás fuera más apropiado decirlo así-. Sus ojos pequeños y claros se apagaron bruscamente. Parecían haberse detenido en el umbral de la oscuridad. Mirando con timidez el suelo buscaba vaciarse de nada en ese extremo donde las circunstancias intentaban ponerse en movimiento. Detuvo esa caída vaya a saber en qué escalón del pensamiento para arquear lentamente las cejas. Observó que el hombre que lo había esperado tenía las manos talladas de artesano y su voz era convincente, igual a la que tenían los maestros. Lo demostraba en la pausa que imprimía a las palabras, como quien conoce bien lo que dice. Se animó a preguntarle -¿su ocupación, señor?

 -También soy médico, pero no quiero dejar de serlo a pesar de mi edad-. Ambos extendieron la diestra. Casi inadvertidamente se hallaba en ese pueblo donde había topado con un colega entrado en años que aún se sentía en el prólogo de la efervescencia de su vocación, manifestada en una actitud inquieta, pero mucho más en la curiosidad de la mirada. El día hervía alrededor de ellos cuando se pusieron a caminar alejándose del descampado. Las sombras de los árboles les entregaban algo de frescura a sus rostros acalorados. 

 -Se entiende que yo esté aquí ¿pero usted?- requirió el viejo médico.

 -Tomé trabajo en una clínica.

 -¿En cuál?

 -“La de Niños”.

 -El anfitrión miró alrededor delatando con su mueca el recuerdo de un tiempo tan atrás que lo hizo sentirse extraño. Enhebró su columna para erguir el cuerpo, luego se detuvo brevemente en un presente ínfimo de reflexión.

El visitante insinuó en tono de disculpa – ¿lo molesté con la respuesta?

-A mi edad el pasado es una imagen en que están en un punto agolpadas y retenidas todas las emociones. En ellas caben los augurios y los gozos. También el dolor.  Es una fotografía que resume todos los acontecimientos en uno solo. Ahí nos damos cuenta que la vida es una anécdota que termina escapándose también del propio ser. A propósito ¿cuál es su nombre?

-Juan Manuel Astiz- contestó el huésped con un tono seguro que demostraba ser un hombre perseverante.

El médico del lugar sonrió ligeramente. Percibió que le era dado continuar su sendero de nuevo desde el principio. “Al fin la realidad no deja de ser una imaginación” pensó con un acompañado suspiro. -Venga yo lo voy a llevar a la clínica actual.

 

-¿A la actual?- respondió sorprendido el joven médico.

 -No se preocupe… un suceso nace donde se deshace otro. Es la única explicación que tenemos al enigma que somos. Caminemos.

 Al reanudar la marcha, Astiz con sorpresa vio que el pueblo mudaba en ciudad, las casas achatadas en edificios verticales, las calles polvorientas en pavimento. Su soledad se fue poblando de afectos y la timidez se volvió una cálida sonrisa. El colega lo miraba tras el rabillo del ojo con el alborozo que destilaban las ansias del encuentro. Nunca pudo el visitante saber con exactitud cuánto tiempo emplearon en el cruce por el pueblo. Le pareció breve, acelerado. Apenas un momento. Sin embargo el espacio que habían recorrido, -después lo intuyó- había sido infinito. Insospechadamente extenso. 

 Al subir las escalinatas un cartel rezaba en la puerta “Clínica Güemes”. Se abrieron paso entre violáceas flores de una glicina tan antigua que sus troncos ya eran pétreos. Entonces Astiz atinó a preguntar -¿su nombre?

 -Juan Manuel Astiz, exactamente igual al suyo.

 Dicen los del lugar, más… juran, que vieron entrar a un solo hombre. Del otro no tuvieron explicación. A los pocos días les llamó la atención que a pesar de su joven aspecto se expresaba con la experiencia de un maestro. Alguien refirió que más de una vez se lo oyó advertir a sus compañeros de oficio: “es mejor el sendero que llegar a la posada”.

3 Respuestas a “Es mejor el sendero que llegar a la posada

  1. roberto battellini

    Es borgeano.

  2. Es cierto. Snow puso en marcha todos esos recursos que luego magistralmente desarrolló Borges. De hecho era el libro de cabecera de Borges.

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