El intruso

 Jorge Carlos Trainini

Nos había convocado Zamora. Tenía entre manos un dilema que nos dijo era “humano”. Estuvimos con Jorge Mazzocco en la Galería a la hora señalada. El otoño arreciaba con su oscuridad a temprana hora de la tarde y una ventisca inclemente se volvía frío en las mejillas. Adentro, la placidez siempre cambiante del arte abstracto nos rodeaba de cromos llamativos sin formas o apenas insinuadas. Siempre hacían palpitar el sentido de la existencia al entregarnos a la marea del subconsciente. Entonces Manuel Zamora, con su voz medulosa y sosegada nos habló de su amigo, otro Jorge de apellido Silver.

-Él está por venir. Ustedes pueden orientarlo, necesita ayuda-. Nos miramos con Jorge Mazzocco como esperando más precisiones. Tampoco las pedimos. Sólo refirió que pensaba que nosotros teníamos la ductilidad suficiente para aconsejarlo ante su problema y que éste era extraño. Nos pusimos a hablar de otras cosas, más exactamente de Pichón Rivière. De su lucha por hacer comprender que los estados emocionales de pérdida llevaban a la locura. y de la desintegración de la figura que hacía el artista con facultades mentales alteradas. A los pocos minutos un llamado contra el vidrio de la puerta nos sacó de la tertulia acostumbrada de los viernes.

-Es Silver- advirtió Zamora mientras destrababa el pestillo.

El hombre esperado era alto, delgado, pelo intensamente blanco y rasgos con surcos nasogenianos pronunciados y extensos, los que alargaban su rostro. Ojos rasgados y vivaces, de iris pardos. La palidez de la tez competía con la canicie. El peinado se elevaba hacia el centro tomando la configuración de una cresta. Desde su hombro caía una mochila que se ofrecía abultada de cosas. Bien vestido, al tono los colores, rápidamente evidenció ser poseedor de una personalidad culta y tranquila. Un uso pulcro del lenguaje lo hacía leído, dedicado intensamente a ese menester. No tuvo temor en hablar extensamente de sí y de su problema. Desde el inicio mostraba una sinceridad sin escrúpulos. Exponía la situación a través de quien era sin tapujos, ajeno al mínimo atisbo de disfrazar su personalidad.

-No me acuerdo haber trabajado nunca, salvo en algunas distracciones de mi vida. Tengo un departamento en Recoleta y otro en Punta del Este, que alterno. Soy metódico en mis gastos, en mis horarios y placeres…no conviví con nadie…estoy solo.

Zamora lo interrumpió delicadamente. -Jorge, ellos están aquí para ayudarte, debes referirle tu problema. Vinieron con el único fin de aconsejarte.

– Pues bien, se los contaré, concurrí a eso, pero deseo primero agradecer que se presten a escuchar el inconveniente Vivo cerca de aquí y estoy siendo acechado de continuo en mi propio domicilio. No sé quien es ni como entra a mi departamento. Me come la comida, cambia las cosas de lugar…

-¿Desde cuando le sucede eso?- pregunté luego de cursar sugestivas miradas con los concurrentes, que a esa altura ya eran varios.

-Lleva más de un año esta situación.

-¿Nunca observó a nadie?- continué.

-No, en absoluto, la mínima sospecha, ningún ruido.

-¿Tomó alguna medida?

-Cambié siete veces las llaves, pero fue inútil. Se toma mis tres pastillas para dormir, me usurpa la manzana, oculta el cepillo de dientes.

-¿Piensa que puede ser agresivo? –requería ahora Mazzocco.

-No creo que sea  maleducado o violento, más bien parece travieso.

-Igual a un gnomo- dije yo

-O un fantasma- agregó Zamora. -¿Qué otras diabluras hace?

-Me cambia las pantuflas de lugar, consume lo que dejo en la heladera. Y últimamente se aficionó al vodka.

-¿Cómo es esto último, Jorge?- me abalancé sorprendido.

-Yo comienzo a beber vodka a partir del mediodía. Y cuando sorbo un trago y vuelvo sobre el vaso, ahora hallo que él bebió la misma cantidad. Nunca toma más que yo, por eso digo que es educado.

-¿Y también le pasa esto en Punta del Este?

-Si, igual, debe seguirme en secreto.

-Entre el ruido de las copas que manipulaba se oyó la voz de Zamora -¿Te faltó dinero, Jorge?

-En mi casa no, pero una vez en lo de mi novia, al quedarme de noche, también pasaron cosas extrañas y le desaparecieron mil dólares.

-¿Estás seguro?

-Si, por eso ando con esta mochila donde llevo el dinero, las alhajas, documentos…en fin cosas de valor porque tengo miedo de perder mi patrimonio y mi identidad.

-¿No buscó esos mil dólares en su casa? – se animó a preguntar Mazzocco.

-¿Por qué?

-Quizás el duende los llevó para su casa, como es tan juguetón.

Sentí una cierta contrariedad en el gesto del indagado que permaneció callado. Intenté cambiar el interrogatorio. -¿Nadie comprobó todo esto que le pasa en su casa?

-Repito que no porque nadie entra. No lo permito.

-Esa era una posible solución, si Usted. accediera. Que alguien certificara lo mismo que le sucede quedándose un día en su casa.

-Imposible.

-No entiendo su negativa; puede ser alguien amigo, de confianza, uno de nosotros. El fin es descubrir al intruso- repliqué.

-Mire soy muy personal. Individualista, por eso me dejé con mi novia. Al baño, por ejemplo, sólo entro yo. No podría hacer uso de él si tuviese que compartirlo.

Mazzocco se estiró en el sillón cruzando un tobillo por encima del otro. Elevó primero el brazo izquierdo y como en un juego de cuerda apareció una voz condescendiente y fraternal. –Yo creo que es un duende amigo, no intenta hacerle daño, sólo llamar la atención. Fomentar una compañía. ¿No le puso un nombre?

-¿Para qué?

-Darle una identidad- agregué –. A propósito ¿a quién le compró el departamento?

-A un médico. Encontré todas las fichas de sus enfermos.

-¿No se habrá quedado uno de ellos encerrado?-. Escuché en el ambiente una risa generalizada de distensión. Proseguí –¿pero que le parece lo que dice Mazzocco de proporcionarle un nombre?

-Me parece que es acertado.

-Debería llamarlo Pedro- espetó Mazzocco.

-Me gusta, pero quisiera que tuviese también un apellido.

-¿Cuál? ¿Pensó en alguno?

-Bonaparte, Pedro Bonaparte.

-¡Así es!- exclamó Mazzocco levantándose del sillón entusiasmado. Usted podría llamarlo y convidarlo. ¡Tomá Pedro esta manzana! ¡Bebe un vaso de vodka conmigo, Bonaparte!

-Si, puede ser, yo soy solidario. Mire tengo dos televisores y los pongo uno frente a otro para que estén acompañadas sus imágenes y se vean entre ellas.

Todos bebimos al unísono el champagne que burbujeaba tintineando en las copas como único resalto del silencio que se hizo de improviso. Jorge Silver cargó con su bulto y enfiló hacia la puerta, no sin antes agradecer nuestra preocupación en la búsqueda de soluciones a su aprieto. Antes de partir puso su mano en el bolsillo izquierdo del pantalón mientras preguntaba “¿cuánto es el honorario por la consulta?” “De ninguna manera” replicó Zamora, “incluso Mazzocco es medium, un vidente, todo es por ayudarte”. Silver agradeció nuevamente y desapareció en la quietud de la calle.

Zamora mientras servía otra vuelta de bebida, se detuvo en referir que el intrigante sujeto era un gran lector con centenares de libros apilados en su casa. Y que solo leía los de arriba porque los de abajo no se podían retirar sin hacer un derrumbe caótico de todos ellos. Así que muchos los había adquirido innumerables veces. Además comentó que era también un gran comprador de arte.

A la semana volvió. Le preguntamos si había tomado alguna de las opiniones vertidas. Dijo que no y que las cosas seguían sucediendo igual. Más sueltos en la consideración de su problema le expusimos que él seguramente contaba con una doble personalidad, asumía su identidad y además la del intruso. Entraba y salía de ellas sin que su conciencia lo advirtiese. Él repitió las mismas vicisitudes que la vez anterior no dando demasiado crédito a lo sugerido.

-¿Pero no lo llamó por su nombre y le ofreció convite del vodka y alimentos?- requirió Mazzocco.

-En realidad no, a pesar que Pedro Bonaparte es un bonito nombre para llamarlo. Voy a hacer eso- Agradeció nuevamente nuestra preocupación y marchó con su acostumbrada carga en el hombro.

Regresó días más tarde. Se mostraba eufórico, lleno de entusiasmo, pero seguía por precaución –admitió- con la mochila y sus valores personales. Manifestó que se le había borrado esa incertidumbre de compartir su casa con un desconocido. Ahora ya lo había individualizado.

-¿Quién es? ¿Nos cuenta su experiencia?- me animé a pedirle ante la ansiedad de todo el grupo de la Galería.

-Hice lo que me indicaron. Lo llame por su nombre y lo convidé atentamente. Al fin lo hallé. Es igual a mí. Un gemelo de mi cuerpo, además copia todas mis acciones. Tomo un vodka, Pedro toma un vodka; como una manzana, él come una manzana.

¿Cómo lo encontró?

Silver elevó el cuello y su voz sonó solemne semejante a un hallazgo primordial. –Es curioso, sucedió inadvertidamente…mientras miraba un espejo.

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