Lo permitido y lo prohibido. Una mirada crítica sobre el consejo médico

Gustavo Dibi

Hace poco, me encontraba en un bar de la zona del casino tucumano disfrutando de una tarde de sábado mientras leía un diario. Por momentos, alertado por el relator que anunciaba la inminencia de un gol, el eje de mi atención se trasladaba a un partido de fútbol que transmitían por televisión, en algunas de esas ocasiones volvía rápidamente a la lectura sintiéndome un poco estafado por la exageración del comentarista. La situación se parecía mucho a la felicidad, sin embargo, como reza la tópica sentencia, la dicha suele ser fugaz e incompleta. De repente, en una mesa cercana, se sentaron un hombre de mediana edad y un niño de aproximadamente cinco o seis años que respiraba vitalidad y energía por todos sus poros. Superada la simpatía inicial que despertaba por ser extrovertido, el pequeñito se convirtió en una verdadera pesadilla, empujando las sillas  de las mesas –ocupadas o desocupadas-, corriendo una imaginaria carrera con dos autitos de juguete, y escupiendo generosamente al imitar el sonido de los motores. A pesar de mi mirada penetrante, el chiquito parecía disfrutar especialmente haciendo saltar los autitos sobre el servilletero de mi mesa, luego de unos minutos, el hombre que estaba con él lo reprendió enérgicamente y, con zamarreo incluido, lo sentó en su silla con una consigna muy firme: “¡te quedás quieto ahí!” Creo que todos los parroquianos respiramos aliviados, pero el niño, se quedó triste y sollozando al menos hasta que me fui.

Esta vivencia, que en sí misma no tiene nada de excepcional, gatilló en mi mente una asociación un tanto caprichosa, quizás justificada por una idea persistente que desde hace tiempo me incomoda. Creo que, en algunas ocasiones, los médicos con nuestras sugerencias logramos un efecto similar al que consiguió el papá con el niñito del bar, es decir; sumergimos a nuestros pacientes en una profunda inacción y tristeza para quedarnos un poco más tranquilos. Como dije, la asociación mental con el episodio relatado es arbitraria, por la razón fundamental de que las personas que nos consultan son adultos (incluso la consulta pediátrica es realizada por los padres), y no esperan de nosotros pautas educativas para no molestar a los demás, sino conservar o recuperar su salud. Evidentemente, en cualquier relación interpersonal en la que una de las partes tiene cierta autoridad y se persigue un fin común, como las de docente-alumno o médico-paciente, se busca el delicado equilibrio entre lo prohibido y lo permitido, pero, me parece que, en general, el docente o el médico se sienten más seguros al prohibir, y los resultados, en cuanto a los objetivos de aprendizaje o de salud, no siempre son óptimos.

Conviene aclarar ahora que, en un sentido estricto, el médico no puede, ni debe, prohibirle alguna actividad a su paciente si respeta su libertad o autonomía. Sin embargo, si el enfermo considera al profesional una persona idónea para cuidar su salud –en el caso contrario la consulta no tiene ningún sentido-, sus consejos adquieren el rango de una norma imperativa que, si no se acata, genera al menos sentimiento de culpa, temor o inseguridad. Dentro de las sugerencias médicas que apuntan a evitar los hábitos tóxicos o compulsivos, no veo mayores objeciones en brindar una información clara sobre sus efectos nocivos para la salud y la calidad de vida, y en ser categóricos en la recomendación de abandonarlos para que, en definitiva, el paciente decida con libertad lo que va a hacer, por sus propios medios o con ayuda psicológica de un especialista. Más bien, esta mirada crítica que propongo, apunta a aquellos consejos médicos que se dirigen a cuestiones esenciales en la vida del enfermo o a su “vocación”, en el amplio sentido que se le puede dar a esta palabra cuando se la define como el “llamado” a una determinada forma de ser hombre.

Como sostiene Ortega y Gasset, la vida humana es un constante quehacer, y la vida auténtica es la de aquel hombre que se siente plenamente identificado con su quehacer, por lo tanto, quitarle autenticidad a la existencia de nuestros pacientes –y, por ende, vaciarla de sentido-, es un efecto muy alejado de la buena praxis médica. Sin duda, llegar a un buen puerto en este viaje, demanda tiempo y esfuerzo, porque es indispensable conocer con cierta profundidad la biografía, los proyectos y expectativas del paciente, evaluar fehacientemente su estado de salud psicofísico, e indicar una terapéutica que logre la curación en las patologías agudas o la máxima estabilidad posible en las crónicas. Con estos elementos, la búsqueda de una vida saludable es una empresa conjunta entre el médico y el paciente que pretende reintegrar a este último a su auténtica vida, sin embargo, a veces se realiza el camino inverso y, sin un conocimiento suficiente sobre el enfermo, se disparan consignas generales falsas, o parcialmente verdaderas, que sólo sirven para aumentar su temor o inseguridad y a veces consiguen un efecto paradójico.

Ejemplos de esas consignas se dan cuando se usan algunas frases tópicas sin reflexionar demasiado, como ser: “debería tomarse vacaciones o desentenderse más de su trabajo”, un comentario que, para una persona que encara un proyecto laboral que le resulta muy importante, es inviable y puede agregarle la preocupación de que, mientras trabaja, está perjudicando su salud. En esta situación, si el médico está orientado con la personalidad de su paciente, debería procurar que, entre los dos, encuentren la manera de disfrutar del trabajo, de no asociarlo con hábitos tóxicos, y de intercalar las horas de ocio o descanso razonables, las que, además, pueden mejorar el rendimiento laboral. También puede suceder que una frase inocente y bien intencionada como, “tiene que evitar tomar frío”, transforme a una persona que le gusta disfrutar de paseos al aire libre, en alguien que “hiberna” durante dos meses y cree que cualquier brisa que baje del cerro anuncia un riesgo inminente de muerte, cuando, seguramente, es suficiente para disminuir las posibilidades de las enfermedades invernales con un poco de sentido común para abrigarse –en general, a muy poca gente le resulta placentero andar con ojotas en la nieve-, con esquemas de vacunación adecuados, y evitando las aglomeraciones. Por último, se me ocurre que el paradigma de los consejos desafortunados se produce cuando un médico le sugiere a su paciente que “no tiene que renegar”, o que “tiene que vivir tranquilo porque le va a subir mucho la presión arterial”, pienso que “la tranquilidad”, como un estado ideal, es más bien una utopía, y, en definitiva, deberíamos aspirar a que nuestros enfermos traten de tener muchos momentos de serenidad y la lucidez o el equilibrio necesarios para discriminar cuáles son las situaciones en las que vale la pena ponerse nerviosos. Aquellas personas que se toman muy a pecho la sugerencia de, “tener” que vivir más tranquilos, suelen ser más pusilánimes y temerosos, y, paradójicamente, se alteran por cualquier cosa, con el plus adicional angustiante de que creen que en esas ocasiones se les puede romper alguna arteria.

En Octubre de 2010, muchos argentinos se sorprendieron y conmovieron por la muerte del ex presidente Néstor Kirchner en el contexto de una enfermedad cardiovascular. Luego de este suceso, algunos médicos, periodistas, y medico-periodistas, especularon con la posibilidad de que se podría haber evitado este desenlace si se hubiera retirado de la política activa y se hubiera dedicado a actividades más tranquilas. Me parece que esta situación sirve para ilustrar algunas de las ideas que vengo sosteniendo en este artículo, el verdadero desafío para aconsejar a un político de raza –llámese Kirchner o Alfonsín para no herir alguna susceptibilidad- consiste en persuadirlo de que puede seguir haciendo lo que le apasiona de una forma más saludable, por ejemplo, tomando regular y estrictamente su medicación, sin fumar, programando su campaña en forma más holgada para poder descansar, realizando actividad física, con apoyo psicológico o drogas ansiolíticas, comprometiéndolo para evaluaciones periódicas, etc. Si, por el contrario, se consiguiera la improbable adhesión del paciente a la propuesta de abandonar la política, creo que se podría caer en la triste paradoja de matar la realidad vital de una persona por temor a su muerte biológica.

Luego de todo lo dicho, y para ir concluyendo, pretendo que quede muy claro que me adhiero categóricamente a una concepción personalista de la salud, la que, además de los criterios objetivos, subjetivos, y socioculturales, que habitualmente se consideran, incluye la realidad vital de la persona. Así lo dice con precisión Pedro Laín Entralgo cuando, en su libro Antropología Médica, sostiene que la salud es “el hábito psicoorgánico que está al servicio de la vida y la libertad de la persona y le permite realizar con mínima molestia y daño, o si fuera posible, con bienestar y gozo, sus proyectos vitales”. En la misma línea se inscribe Friedrich Nietzsche, en el aforismo 120 de La ciencia jovial, al decir: “Para determinar lo que haya de significar salud para tu propio cuerpo, todo depende de tu meta, tu horizonte, tus fuerzas, tus impulsos, tus errores y, especialmente, de los ideales y fantasmas de tu alma.”. Es conocido que Nietzsche no se guardaba sus críticas, y con su prosa directa y urticante dejaba muy clara su opinión, por lo que no es sorprendente que, en el aforismo 573 de Humano demasiado humano, exprese en forma concisa y certera su reproche hacia los médicos por sus posturas rígidas e incapaces de adaptarse a la individualidad del paciente: “Es necesario haber nacido para nuestro médico; de otro modo, moriremos por nuestro médico.”.

 

Este material fue publicado originariamente en “El pulso argentino” Año III N° 9 de Noviembre de 2011

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