Rescate de la imaginación (II)

 

Jorge C. Trainini

El hombre ha  sido a través de la percepción de su angustia, de no saber de los sentidos del origen ni de la  muerte.  De su  dolor.            

 

La desesperación es la de todos y la de nuestro pasado, debemos agregar.  Si entendemos esto podemos asimilar quiénes somos y ser más placentera nuestra vida. El sufrimiento de nacer es absurdo, pero una vez adquirida la conciencia, sólo debemos utilizarla para labrar nuestra individualidad aunque no comprendemas qué sentido tiene estar en el mundo. Adquirir la autenticidad interior obliga al hombre a caminar sobre su propio dolor. El hombre ha tomado otro camino. Ha corrompido su existencia para erigirse en demiurgo. Desestima el mundo por desesperación, ignorancia de su estado, por dolor, miedo. No pudo tolerar esta infausta situación de avanzar con la verdadera conciencia de su posición, sino a través de sus instintos ancestrales de supervivencia terrenal. Dios ha sido insuficiente. Ya no alcanza. Sus expectativas han sido desvanecidas por el hombre. Su incomparecencia completó la tragedia. El hombre no sabe si Dios existe, sólo entiende que es insuficiente.

 

Se han creado tabúes llamados “progreso” y “orden” que son íconos impuestos como esencias fundamentales. Es un destino a que se somete a los hombres, los que deben perder su identidad para no sentirse culpables en el sistema instaurado, el cual divorcia al cuerpo del alma. El cuerpo se consume en búsqueda del progreso. Y su espíritu queda olvidado en el polvo del tiempo. El hombre es separado de su esencia por un tráfico de intereses y convencionalismos. Lo colectivo inhibe. El hombre ha quedado esclavo, encandilado por este progreso inadecuado que sólo ampara a unos pocos, pero que hundirá el espíritu de todos. La vida materializada por la sociedad es una estructura rígida que se devora a los individuos sin dejarles asomar su espíritu. El alma del hombre ha dejado de ser su fin, sólo es el medio para la hediondez de la materia por él creada. El poder se ha establecido como religión mayor de las clases dominantes, a ultranza de desmembrar el cuerpo del alma, de hacer de la materia el solo fundamento de la vida. El individuo se halla hechizado por este magnetismo de perseverar individualmente hacia una quimera, sin entender que desacredita su propia sustancia.

El hombre termina ignorando que se halla poseído por este magnetismo que le oculta que su vida sin espíritu es una aporía. No sabe que está aceptando un engaño inaceptable, perverso. Ha caído la potestad de los presuntos dioses en manos de la inescrupulosidad humana. Esta situación ha paralizado al verdadero progreso humano basado en sus condiciones de reflexión sobre la ética y la moral. El arte y los vagabundos son los alertas de esta situación. Luchan contra la perversidad de la más vil de las hipocresías que fogonea la .sociedad. Esta ha vaciado al hombre. Lo ha corrompido. Las ciudades son sitios donde el hombre se abalanza sobre el prójimo. La alienación de hacer luchar a todos por un propósito material se refleja en las ciudades con un grado máximo de locura. En ellas sólo se persiguen quimeras para sobrevivir un día más, en donde caen muchos en sus calles sin entender cuál fue su sacrificio. Sin embargo persisten en su alienación sin entender que nunca llegarán a ser para ellos, sino para una extraña cofradía que oficia de titiriteros. Ignora ese hombre que cae diariamente olvidado que ha perdido la dignidad al ser un medio. Muere pensando que era libre. Que satisfacía sus necesidades sin entender que eran las de los demás, las del poder. El pensador se convence cada vez más de que esta vida es una caricatura pertinaz y doliente de los usurpadores.

La cuantía del poder se encolumna sobre el prójimo transformándose en un amo, un dios, un déspota, de acuerdo al momento de la conveniencia. La potestad que ejerce el mundo se basa en intereses, no en satisfacer al hombre y a su espíritu sino en sojuzgarlo. Sólo así podemos hablar de armamentos, riquezas, lujos, en detrimentos de alimentos y educación. Así se convierte al espíritu del hombre en una materia servil por necesidad de su propia naturaleza. Masa por hombre. Carne por espíritu. “Ego” por “yo”, razón por corazón. Todo esto lleva a lo falso, a lo absurdo, a tal punto que la realidad siempre supera a la ficción.

 

Las ganancias naturales de este mundo ni siquiera se distribuyen, son dirigidas hacia clases privilegiadas. Ésta es la sociedad-masa de los que no aceptan al individuo y a su dignidad animal. La tecnología hizo del hombre un esclavo. En beneficio de unos se masifica a todos. La injusticia inescrupulosa crece con la misma voracidad que caen las condiciones dignas del hombre. Sólo respira la capa que ostenta el poder, la que tampoco podrá construir una vida infinita a pesar de sus riquezas.

 

El prodigio de la información creciente sirve para aislar al individuo. Reemplaza a la voz espontánea y a la emoción. Al pulso del corazón por la máquina. Ésta con su frialdad lleva una homogeneidad antinatural. En esta uniformidad se desconoce el valor ético y moral. Sólo se sobrevive anónimo, exento de valores que no necesitan ejercerse, porque el hombre se esconde sin darse a conocer. Nadie sabe hoy de dónde proviene la injusticia.

El corazón yace preso en su caja de hueso. Se ignora que nunca se arrepiente de su pulso. Si la razón que esgrimiese el hombre estuviese en él, podría redimir su dignidad. El desgarro de la inteligencia es la injusticia. El del corazón, el desafecto. El hombre modifica el afecto. Lo codifica. No vale el individuo, sirve .a propósitos del interés de la materia. El avance técnico se hizo desdeñando y postergando a las necesidades que provienen de su pasado espiritual. Incluso, en forma engañosa, tampoco este “progreso” fue llevado al hombre. Se mostró a la masa un estímulo que nunca se concreta. El de ser adecuado a todos, aunque estos recursos no sean beneficiosos a la lujuria, sino a la necesidad más escandalosa cuya privación mata a la carne y al espíritu, así sea: salud, educación, hambre, trabajo. Parece ser que el poder ha terminado por aceptar que la degradación del ser humano a los más bajos intereses de su hipocresía es el camino irrevocable. Lo ha enseñado y divulgado. Impuesto por sobre la aceptación miserable de los que no pueden reaccionar por ignorancia. Fraude y mistificación, los amos con que se domestica a las masas.

La compulsión deliberada de la sociedad de consumo ha llevado al progreso inadecuado. Lo mediático informa para desinformar, lo social para anular al individuo, la masa para abortar al pensamiento desobediente. La opresión servil de los que responden a la sociedad que explota se alivia del número eliminando diariamente a los más marginados. La muerte anónima ya no duele ni es congoja siquiera en sus compañeros íntimos. Se debe seguir el derrotero impulsado por un hechizo que ya se hizo instintivo. Cada día es un riesgo que debe pasar el cuerpo. El espíritu no cuenta. En eso se basa el triunfo de los poderes, de encerrar el alma. En arrojarla a la materialidad absurda que sólo es alcanzada por el poder. El espíritu es exfoliado a costa de predicar una justicia social que no se alcanza eliminando la libertad civil, alquimia a la que no acceden las ideologías, porque simplemente no pueden ir contra sus intereses, el valor dinero. Elindividuo se destruye en ese destino creado, el que no corresponde a la ética y moral que debería protegerlo y de los cuales se halla imbuido como mandatos fundamentales provenientes del orden natural.

 

Algunos piensan que la desaparición del hombre es la posibilidad que tiene la naturaleza para continuar su camino sin ostentar lo macabro de las civilizaciones. Ejerciendo su propia tragedia natural sin agregar la perversión moral y ética, el drama de lo antinatural. Nos han conceptualizado con que sólo es posible acceder a un destino digno por sobre el sufrimiento de los demás, disociando el cuerpo del espíritu. Renunciando a nuestro bien más preciado. Alentando que sobrevivir es pisotear al prójimo, engañándolo para nuestros propósitos y si no alcanza ejerciendo el exterminio primero de sus ideas y luego de sus cuerpos. Negando y ocultando sus logros. Al hombre no se le enseña la libertad que implica el pensamiento, sino se lo condiciona para propósitos del poder. A códigos y reglamentos que lo esclavizan quitándole la observación, la reflexión, la piedad. El hombre queda dominado por la ley. A través de su fundamento básico y necesario, el poder ha edificado paulatinamente todos los caminos para llegar a apoderarse de los espíritus dejando a la carne que grite a merced de la miseria y el despojo. El hombre encandilado por la luz del progreso material se olvida de su “yo”, pelea contra los pesares del corazón. Se abalanza a la construcción de un “ego” sepultando definitivamente el alma que le da sentido al ser. Se vuelve un ignorante. Y los que luchan contra este estado del poder son considerados peligrosos, marginales. El hombre común se resigna, el desobediente sufre la pérdida y se aliena. Las sociedades corporativas, sean religiosas, económicas o políticas, condensan los dictados del orden superior por encima de la necesidad individual del sufriente.

La vida para el que privilegia su espíritu, la dignidad y la condición natural se transforma en soledad al no coincidir con el sentido existencial de las masas sociales. El hombre que sufre este desapego se encuentre con su “yo”. Quizás pueda entender que su grito sale de la tristeza humana y enrealidad parte de la necesidad de redención. Choca contra la corriente de la razón interesada, lucha con denuedo, desesperación. A veces se contradice pero no acepta melancolía o misericordia, porque ellas lo llevarían inevitablemente a la turba mecánica que preforma su inteligencia con los códigos interesados de la masa.

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