Rescate de la imaginación (III)

Jorge C. Trainini

Existir aunque no lo entendiese ha sido mi signo. Adherí a sus postulados sólo para profundizarme y ser. Pero inevitable llego a no entender ni siquiera la nada. Existir termina en un desasosiego. No sé donde postrarme. Me extiendo en mi propio interior y no hallo a nadie que me justifique con el afecto. Ni nada que me lleve al “yo”. Desciendo hasta la profundidad más ignota y sólo hallo vacío.

El espíritu parece confundido con la vertiginosidad de la carne para saciarse. Es relegado a su condición de fantasma como un complemento de los estados de desafecto. En la búsqueda del estado corporal de bienestar se ha privado al espíritu de entender que es el camino al “yo”. Al sentido de la existencia. La carne parece empeñarse con la búsqueda de la materia. El espíritu se enfrenta a una finitud de su tiempo. A los extremos de la existencia.

El nacimiento es el desgarro más profundo. Pone en marcha la tragedia de existir. Una desviación de la materia: la conciencia, es el drama irrevocable que se origina al nacer. El nacimiento es un desgarro que no cesa nunca. Se mimetiza y avanza en la vida y se muere sin comprenderlo. Una tortura. Nos pone en un origen del que jamás nos reponemos porque debemos asumir la temporalidad de la existencia, saber del tiempo y de la muerte. Se busca un sentido de la existencia. No se sabe cuál es la pureza que anhelamos. No la hay. Sólo existe un acatamiento al orden social en contra del legado natural. La conciencia hacia adentro parece ser una utopía que se diluye en su propio contorno. Hacia afuera se mimetiza con elcódigo de las masas sociales. No se puede definir una pureza existencial. La moldea el instinto, la necesidad, la conciencia, el entorno y la cultura. Sólo desprenderse de los códigos sociales en relación a la comprensión del prójimo acerca una idea de pureza. Es una renuncia a participar del mundo que se volvió macabro tras la aparición del progreso y la idiosincrasia de la sociedad. Hay contradicción en el hombre porque se desplaza entre límites antinómicos. Entre ellos hay confusión, incertidumbres. Fuego. Creación.

 

Tenemos necesidad de infinito. De no sentirnos mortales. Esta percepción es superior al sexo y a todo lo que genera el hombre. En este punto engaña a su imposibilidad de eternidad con el paliativo de prolongarse con su prole y en la especie. Pertenecer a la masa es al final la única sensación de sentirse un existente más ante la imposibilidad de llegar a la aceptación del “yo”. El cuerpo, la carne, es el habitáculo de nuestro más precioso tesoro: el espíritu. Su valor reside en esta tesitura, Sin embargo es el alma, por más elevada que esté, la fatal esclava del cuerpo. De su finitud. Esto asombra y duele por insólito.

Tanto vuelo para seguir siendo nada.

Toda liberación del espíritu de esta situación es una aporía inclemente y atroz. Un juego diabólico de los dioses. El alma-cuerpo es una unidad indivisible. Es una retroalimentación continua para poder sostener a la existencia espiritual. El cuerpo generalmente se transforma en el amo de esta partícula binaria. El espíritu se libera en lo extremo de esta conflagración con el suicidio, cuando el ser ya no puede tolerar estar solo para prolongar su materia. Intercomunicación que comparten los desatinos de la existencia ya los cuales uno arrastra al otro. Ambos conviven en una tragedia existencial, intentando apoyarse mutuamente. El espíritu está preso del cuerpo y este sufre la inconsideración del ánimo, de la tristeza. Al decir de Pichón Rivière, de la pérdida.

El cuerpo parece ajeno a nuestro Ser. No coincide con la pureza del espíritu. Sin embargo es nuestro estado de existencia, totalmente desprejuiciado del alma. Aunque el espíritu también lo invade con el maltrato a sus básicas necesidades. El sexo los une. En ese instante ellos se funden para aceptar todas las inclemencias del mundo, en una fugacidad de plenitud. ¿Qué sentido tiene mantener un producto refinado como el espíritu a través de la corrupción de la carne? Esto representa el dilema del hombre. El espíritu exquisito ante esta aseveración termina gritando la nada. Un desgarro que no llega a ningún lado, que se agota en elsufrimiento mismo, en un indolente cosmos.

Soy lo que me permitió el dolor. Lo traspaso para poder seguir. Y él me modifica. Hace de mí una arcilla. Porque mis sentidos se apropian de él y el alma se llena de zozobra. De contradicciones. De no poder entender si es dable dar un paso más. Siempre hacia la nada, siempre hacia el abismo, hacia donde la derrota nos lleva todo, más allá de los intentos del hombre por permanecer con una cruz, con su nombre. Llegando al olvido.

No queda optimismo alguno en el cuerpo. Su finitud arrastra a los más encendidos ideales del alma. Todo muere bajo su corrupción. Encolerizarse, postrarse, suicidarse ante esta situación es inservible. La materia y la masa humana se funden aquí en una lujuria que intenta olvidar la muerte y la consecuente desaparición del alma. El espíritu trona por escabullirse de esta cárcel atroz, impiadosa, desfalleciente, caduca. Cuerpo sometido a la voluntad de un destino infortunado.

 

Asumo mi soledad como un camino de redención que no está ni en el cuerpo ni en la masa humana. Sólo en la voluptuosidad por ser que destila el alma. Mi espíritu se eleva, la carne cae. Por más alto que llegue el primero, la caída de la materia lo hará estallar de bruces contra la perversidad natural de olvidar todo. El espíritu está en el límite contra la nada y el todo, aunque al final quede en la nada. Une la desesperación del alma con la del cuerpo. Nos deja a merced de lo desconocido.

El erotismo intenta constituirse en el único desahogo. Es una redención que se apaga rápidamente. En el amor parece congeniarse el “yo” en el infinito, el cuerpo con el alma, el individuo con la masa, la integración del “yo” con la desintegración del mundo. La visión de la existencia desde el individuo, es un grito ante la lógica asfixiante de la sociedad. Se ejerce donde el cuerpo y el espíritu animan y uno se mimetiza con el otro, soslayando que el alma se halla presa de esta mecánica material que es el cuerpo. Este grito hacia el mundo dado por el desobediente se arraiga en el interior más profundo y doloroso del ser. Bucea en el misterio de la existencia y en esa provocación que ejerce el “yo” con su desobediencia social, lejos de la lógica asfixiante que anula toda conducta alejada del equilibrio, de la homogeneidad, de la muerte del alma. Esta impotencia clarividente ante la persistencia de una sociedad estereotipada que cambia no en la observación sino que va de modelo en modelo, de un sistema a otro, pero siempre con el individuo ausente.

Hay intolerancia, injusticia, desprecio por el hombre en este mundo. El hombre es privado desde el inicio de su vida. Por la existencia natural y por la sociedad. Se lo margina de su libertad, de su dignidad, hasta ser un despojo. Ni en lo ético, lo moral o existencial adquiere su real valoración de dignidad animal. Dios es un poder insuficiente para esta aventura del hombre en la tierra. Ayuda su incomparecencia al desquicio de esta situación.

La soledad descompone el prisma del interior del ser. Me vuelve indoloro y entonces puedo descender a los abismos más profundos. A los territorios prohibidos. A veces puedo aventurarme sólo con el espíritu, desprovisto de carne y convencionalismos. Ya no hay ardor en el recuerdo. Me adentro desnudo de miedo y prohibiciones. Soy un explorador de mi intimidad, lejos de riesgos y temores que torturan a los hombres. Geografías que .fueron declaradas tabúes cuando el cuerpo se apodera de la existencia e impide que se aventure a sus propios precipicios. Desciendo ya habitual, en cada instante, en cada sensación, voy abandonando la corruptibilidad que establece la carne sobre la que el hombre se mortificó y dio nacimiento a la muralla de la razón. El hombre nunca aquilató que es percepción pura. De ella emana su respuesta, está en sus sentidos. El espíritu es necesidad de esencia, de fundamento,de comprensión hasta el límite de la vibración posible. La carne se agota en la materia. Entonces desciendo. Y percibo la armonía de los que tienen los ojos cerrados y se embriagan de imaginaciones.

 

 

 

Una respuesta a “Rescate de la imaginación (III)

  1. La lectura fue un viaje fascinante hacia la antropologia humana. Una de las antropologias posibles. Quizas no la que yo adhiero en lo personal, si bien tiene muchos puntos y hasta aristas de encuentro. Esta lectura junto con el enfoque de muchas mesas en el ultimo Congreso SAC me lleva inevitablemente a pensar que afortunadamente los cardiologos hemos ido atisbando el porque de ese milagro que atraviesa todas las culturas, por el cual el sentimiento se señala en el corazon. Los neurotransmisores no son mas que mensajeros de lo invisible.
    Gracias
    Dra Susana Lederer

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