La historia de las ideas (I)

Raúl A. Borracci

A la mayoría de nosotros, la historia de la ciencia se nos ha ofrecido como un conjunto de arquetipos simples que resumen los ingeniosos descubrimientos y las geniales deducciones que unas pocas mentes elegidas pudieron alcanzar. Estos arquetipos refuerzan ciertas características sobrenaturales de los personajes y diluyen los ricos pormenores que acercarían las razones de sus hazañas a nuestras atónitas credulidades. Los divulgadores de la ciencia nos dicen por ejemplo, que el mérito de A. Fleming es haber entendido la potencial utilidad de un hallazgo fortuito, como fue la contaminación accidental de un cultivo bacteriano con penicillium notatum, relación que “cualquier otra mente difícilmente hubiese deducido”; sin embargo, nada nos dicen de que Fleming estaba justamente investigando la producción de nuevos bactericidas o antibióticos, por lo que lo extraordinario hubiese sido que no percibiera la relación entre el descubrimiento en la placa de Petri contaminada y su utilidad como antibiótico. En otro ejemplo, la revolucionaria idea de un sistema heliocéntrico propuesto por Copérnico, tampoco resultaría tan original si nos contaran además que el contacto con los círculos neopitagóricos que adoraban el sol, le permitió al mismo Copérnico conocer la teoría heliocéntrica de Aristarco, olvidada hacía 2000 años. Otro de los mitos trasmitidos por los divulgadores cuenta que la visión de un prensa para exprimir uvas generó en Gutenberg un chasquido cognitivo que le permitió adoptar este concepto en la invención de la imprenta; sin embargo, no dicen que Gutenberg ya estaba familiarizado con las prensas para fabricar vino, ya que Maguncia (actual Mainz) donde nació y vivió, está situada en el valle del Rin, una región vitivinícola desde la época de los romanos. Permítanme contar ahora a modo de ejemplo, la verdadera historia del descubrimiento de la penicilina.

 La verdadera historia de penicilina

Una de las historias más conocidas es la del descubrimiento de la penicilina por sir Alexander Fleming (Darley, Ayrshire 1881- Londres 1955), lo que le valió el Premio Nobel de Medicina en 1945. Fleming era médico investigador en el St Mary’s Hospital de Londres, y en 1928, tras unas vacaciones de tres semanas, halló accidentalmente en una placa de cultivo de estafilococos que había dejado olvidada sobre su mesa de trabajo, el crecimiento de colonias de hongos que inhibían la proliferación de las bacterias. En lugar de descartar dicho cultivo contaminado con una especie no deseada, Fleming vislumbró la posibilidad de aprovechar como un antibacteriano, la sustancia segregada por el hongo del género penicillium. La contaminación de dicha placa de cultivo, no se debió a un mero azar de la naturaleza, sino que probablemente ocurrió que las esporas del moho llegaron flotando de un laboratorio del piso inferior, en el que se investigaban las alergias producidas por extraños hongos. Así relatado, podría pensarse que el descubrimiento de Fleming pudo haberse dado por un chasquido cognitivo, a no ser porque en realidad, el médico británico estaba justamente estudiando el desarrollo de antibióticos desde la primera guerra mundial, y ya en 1921 había descubierto y usado la lisozima con la intención de tratar las infecciones. Si bien la aparición del hongo contaminante fue accidental, la mente del investigador por suerte, ya estaba preparada para interpretar el fenómeno. Pero ateniéndonos al rigor de la historia, en los meses siguientes, Fleming estudió las propiedades de la  penicilina in vitro, pero nunca llegó a inocularla en animales, ya que sus estudios preliminares demostraban que la efectividad de la penicilina se inhibía en contacto con la sangre.Es así que en 1929, tras publicar una vaga descripción de su descubrimiento, Fleming se dedicó a otras investigaciones. Más tarde, fueron el patólogo australiano Howard Florey (1898-1968) y el bioquímico alemán Ernst Chain (1906-1979) quienes redescubrieron diez años más tarde, el artículo de Fleming, y reanudaron las investigaciones con el penicillium notatum. Después de algunas peripecias, el proyecto de producción de la penicilina terminó en Estados Unidos, como proyecto prioritario para ser usado en la guerra, junto con el desarrollo de la bomba atómica. Florey y Chain también compartieron el Premio Nobel con Fleming.

El médico y la muerte (III) Las decisiones al final de la vida

Hernán C. Doval

“No mueres por estar enfermo, mueres por estar vivo.”

Michel de Montaigne

La verdad es que tratar de hablar después de las dos exposiciones previas me impone una pausa…  ya que  me invade, como creo que también a todos ustedes, una sobrecarga emocional con la evocación de recuerdos intrínsecos de la vida de médico.

Me pidieron y voy a tratar de hablar de algunas situaciones en las “decisiones al final de la vida”. Y un poco como decía Carlos, digamos, yo voy a discutir si nosotros tenemos que ser esos señores, como los señores medievales de horca y cuchillo, que deciden entre vida y la muerte quien de los otros va a seguir viviendo y quien va a morir, o no deberíamos seguir haciéndolo (por lo menos de esa manera).

Pero antes de entrar en el tema específico, voy a improvisar una introducción, ya que las improvisaciones pueden ser también buenas cuando, como en los excelentes intérpretes de jazz que solo pueden improvisar sus presentaciones porque tienen un conocimiento y una destreza del ritmo muy sólido por detrás. Estos comentarios me hicieron recordar dos cosas: una es que, quizás, nosotros como investigadores hablamos de la muerte de una manera muy mecánica, muchas veces colocamos a la muerte como un outcome principal, ¿cuántas veces todos nosotros decimos, en este ensayo clínico randomizado la rama activa o la droga produce menos outcomes? ¿Esplendido, no? ese outcome es la muerte.

En realidad nos preparan en la facultad de medicina para conocer la “enfermedad” y así aprender a restaurar su opuesto, la “salud”, pero como bien dice Montaigne la gente se muere porque está viva, única condición imprescindible para morirse. Pero la facultad no nos prepara para esta situación de enfrentar la muerte (quizás tampoco para enfrentar la vida). Quizás piensen que no se puede conceptuar, ya que como expresó Epicuro con una clara lógica en aquella famosa carta a Meneceo,  “Cuando estamos vivos la muerte no es (no está presente), y cuando ella es (está presente), ya no estaremos vivos”.

Mi recuerdo del primer contacto con la muerte fue aún más precoz que el de Carlos Tajer, sucedió al principio de la década del 60, cuando empecé a cursar la unidad hospitalaria en el Hospital Ramos Mejía y tuve que hacer mi primera historia clínica. Mi primera historia clínica con un paciente real, realizada en cuarto año de medicina. No puedo olvidarme todavía de la cara de la nena a la que le realicé esa minuciosa primera historia clínica, porque estaba internada en el departamento de hematología y padecía una leucemia aguda, que sabía que era mortal y a corto plazo en esa época, una chica de pocos años, con la cual tuve que hacer la primera historia clínica sin poder dejar de pensar que se iba a morir irremediablemente. Así que para mí, a pesar de que hable de outcome, aprendí a diferenciar muy bien lo que es un outcome de lo que es una muerte de un paciente real, porque fue el primer contacto, sin ser médico, intelectual y emocional con alguien que sabía que se iba a morir, y esa fue la primera vez que tuve que hacer el trabajo práctico de una historia clínica. Y a pesar de que pasó tantos años, puedo acordarme perfectamente de la cara de la nena, porque fue la primera vez que me di cuenta de que la vida tenía un límite y que los estudiantes, que somos muy jóvenes, pensamos que la medicina es una ciencia y creemos que no tenemos que enfrentarnos con esto indescriptible que es la muerte. Quizás por eso, ahora me viene al recuerdo una frase de William Osler “Conocer qué clase de persona tiene una enfermedad es tan esencial como conocer qué clase de enfermedad tiene una persona”, pero lo que yo quiero transmitirles a ustedes es que a nosotros nos entrenan para ser el diagnóstico de enfermedades, y eso está bien. Pero además debemos saber siempre quien es, que siente, que desea ese  paciente que tiene esa enfermedad. Son dos términos contradictorios que parecen decir lo mismo, pero no dicen lo mismo. Uno, es encontrar el diagnóstico etiológico en la enfermedad de un paciente, y otro es saber qué pasa en ese paciente que tiene esa enfermedad. Las dos cosas son parte de la vida de un médico. Bueno, esta es una improvisación previa a  lo que voy a tratar que es: las decisiones al final de la vida. Y como decía Carlos, uno en la sociedad occidental -en la que estamos-,  tiene la presunción: que no somos nosotros los que decidimos al fin de cuentas qué es lo que debe hacer un paciente adulto que tiene habilidad para tomar decisiones y que pudiera tomarla en la atención de su propia salud con respecto a cómo quiere finalizar su vida. Es una presunción que la mayoría de nosotros, en nuestra cultura occidental, la aprobamos. Nosotros decimos que debemos respetar las decisiones de esos pacientes.

Eso parece obvio mientras el paciente está consciente. Voy a discutir con ustedes quizás una cosa que parece que todavía no tenemos muy cerca pero que quizás vaya a suceder cada vez con más frecuencia, y es las decisiones que toma el paciente en el momento que no está en condiciones de tomar decisiones. O sea, en el momento en que perdió la habilidad para tomar decisiones, pero que quizás tomó o no tomó en algún momento previo.

Si bien nosotros no tenemos la experiencia que tienen en otras culturas donde, muchas veces,  se hace por un acto declarado por escrito o por alguien autorizado a representarlo, igualmente todos los días tenemos que enfrentarnos con este problema.

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El médico y la muerte (II). Los médicos jóvenes (y no tanto) y la muerte de los pacientes

Carlos D. Tajer

En los primeros años de residencia tenemos la oportunidad de presenciar las primeras muertes de pacientes que están a nuestro cargo, y el inevitable cuestionamiento “¿habrá fallecido por culpa mía?”, ¿acaso pude evitar esta muerte con otra estrategia terapéutica? Nos toca por primera vez comunicar que alguien va a morir, la frase repetida de “¿te parece que vaya hablando con la familia?” cuando llevamos un rato largo de resucitación, para “ir preparando” y después por primera vez informar que realmente el paciente falleció. ¿Hasta qué punto nosotros estamos preparados para asistir a la muerte del paciente y apoyar a los familiares?  ¿En las estructuras médicas en las que desarrollamos nuestra actividad tenemos un ámbito de sostén para estas tormentas emocionales, conmociones que todos vivimos cuando empezamos a trabajar? Afortunadamente hay muchos colegas que se han animado a escribir e investigar estos temas.

J Gen Intern Med 2002:17:825-840

Medical Resident´s first clearly remembered experiencies of giving bad news.

En una investigación sobre recuerdos de la actividad médica de los primeros años, los residentes recuerdan claramente las duras experiencias de dar malas noticias. Tan imborrables como lo comentaba antes Guillermo en la presentación.

Las recomendaciones sobre el contexto ideal del autor son en este sentido sencillas:

  • Debería

–        Observar a un médico con mayor experiencia.

–        Ser asistido durante la primera oportunidad

–        Tener un ámbito de evaluación posterior

Nos dice que siempre frente a las primeras experiencias de malas noticias o muertes,  el médico jóven observara un médico con mayor experiencia, ver cómo lo hace. Cuando le toca por primera vez, ser asistido y tener un ámbito de evaluación posterior para poder comunicar qué sintió, qué pasó, qué debió haber dicho, que debió haber hecho.

¿Cómo podemos en la práctica prepararnos? Existen formas técnicas y otro camino es el entrenamiento emocional

Un primer concepto en las “formas emocionales” para ubicarnos frente a familiares y pacientes es la empatía, la capacidad de percibir lo que le está pasando al otro. La empatía es una emoción compartida, involuntaria, esencialmente instintiva, que todos tenemos, que parte de la mirada en espejo.

Tomemos una publicación de Neurociencia reciente que ha investigado esta característica de nuestra experiencia emocional:.

“Podemos entender a la empatía como a la capacidad de sentir lo que siente otra persona e imaginarnos nosotros en la misma situación, en la medida en que percibimos esas mismas experiencias y emociones como propias. Puede hacernos llorar frente a una película triste y llevarnos a intentar rescatar a un extraño en dificultades. Nos ayuda a conectarnos con personas cuyas vidas nos parecen totalmente ajenas.

Existe una explicación clínica: la empatía comienza con una “emoción compartida” involuntaria.  Se trata de algo profundamente insertado en nuestros cerebros, que funciona instintivamente, como lo es la capacidad de percibir y compartir automáticamente los sentimientos de otros. Un bebé que escucha el llanto de otro bebé comienza también él mismo a llorar. A cualquier edad, las personas imitan inconscientemente las expresiones faciales de aquellos a quienes ven, y esto nos permite enfatizar o conocer”.

Jackson P, Meltzoff A, Decety J.

How do we perceive the pain of others? A window into the processes involved in empathy. Neuroimage. 2005:24: 771-779

Miremos estas fotografías que me ha facilitado el Dr. Carlos Nijenson con atención.

En mi experiencia al menos, cuando miro la primera fotografía se me empieza a fruncir en entrecejo y la segunda inevitablemente a estirar la sonrisa.

Es decir, en forma instintiva tenemos la necesidad de imitar de alguna manera la expresión de nuestros semejantes para comprender qué les ocurre, y esto nos ocurre desde bebés, es parte constitucional de nuestro entrenamiento emocional y nuestra adaptación social para la vida.

Luego de esta “breve y extraordinaria” experiencia vivencial podremos aceptar que la empatía es instintiva, que todos gozamos (o sufrimos) de ella.

Sin embargo nuestro entrenamiento médico es anti-empático. Quizá para protegernos, la práctica médica nos aleja en los primeros años de esta percepción empática para poder sobrevivir. Es tan masivo el sufrimiento que asistimos, la muerte de gente joven, dolores, mutilaciones, invalidez, que la anti-empatía nos permite llevar adelante nuestra práctica y formación, pero con un costo. Para recuperar nuestra capacidad empática, con los años, deberemos hacer otro entrenamiento, a veces a través de una psicoterapia, un camino lento, cuidadoso, pero crucial para poder saber informar, consultar, compartir, compadecer con los pacientes.

La vida en la residencia, y particularmente frente a estas situaciones extremas no es sencilla. Como es habitual en la interpretación del pasado lejano, hacemos una idealización de los años de residencia, como cuando uno se refiere a la adolescencia y dice “que lindo que era”;  pero cuando era, no era tan lindo.

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El médico y la muerte (I)

Jorge Thierer

Ésta no será una exposición muy científica, y probablemente sea la que más me haya costado preparar.*

Desde que era muy pequeño me interesó mucho el tema de la muerte, estaba muy centrado en el tema de la muerte. Tenía cinco, seis años y hacía cuentas: cuánto iba a vivir mi papá, cuánto iba a vivir mi mamá (un obsesivo ya de pequeño), cuánto iba a vivir yo!  Lo cierto es que en general vemos a la muerte en forma negativa, pero la idea de la muerte, el concepto, tiene mucho que ver con el desarrollo de todos nosotros como personas y con el desarrollo del hombre. Y tiene que ver sin duda con el principio de la cultura;  por eso se me ocurrió entonces que la frase podría ser “en el principio fue la muerte”.

Nosotros somos hombres y algunas cosas nos diferencian de los animales. ¿Cuáles son esas diferencias? Aparentemente pensamos, aparentemente tenemos lenguaje, aparentemente tenemos utensilios que son externos a nosotros. Eso nos diferencia de los animales. Pero también nos diferencia de los animales el hecho de que somos concientes de que nos vamos a morir y de hecho nos autodenominamos mortales. Asi que desde “Oid mortales…”, y para atrás, sabemos todo el tiempo que  vamos a morir, y la conciencia de la muerte determina muchos de nuestros actos. ¿Nos diferenciamos de los animales? Sí. Uno puede decir, ¿saben algunos animales que  van a morir? Es un tema de discusión: tal vez una mosca no sabe que va a morir, pero probablemente algunos animales un poco más evolucionados tengan una cierta conciencia de muerte. Un tema interesante es que, indudablemente, frente al peligro, el animal escapa, se protege. De alguna manera algo le avisa que, si se quiere, su vida corre peligro. Este tipo de respuesta, como sabemos, es una respuesta instintiva. Veamos el caso de los elefantes. Ellos parecen ser más conscientes de su muerte. De hecho se habla del cementerio de los elefantes (más allá de la cancha de Colón). El cementerio de los elefantes es el lugaral que van los elefantes cuando saben que van a morir. Cuando un elefante sabe o siente que va a morir busca la compañía de otro elefante. Son dos los elefantes que emprenden el camino. Y caminan, caminan, caminan hasta que llegan a un lugar determinado, en el que no sabemos por qué, el elefante que va a morir empieza a darvueltas en redondo. A ese lugarel elefante acompañante no entra. No lo pisa. Y cuando el muriente termina de darvueltas en redondo y eligió que ése es el lugar, el que lo acompañó se vuelve. Y el que iba a morir, muere. Uno piensa: ¡qué notable! ¿Cómo? ¿El elefante tiene entonces conciencia de que va a morir? Y sin embargo, parece que de cualquier manera hay una diferencia entre esa “conciencia”, entre comillas, de la muerte que tiene el elefante y la conciencia de la muerte que tenemos nosotros los humanos, y es que todos los elefantes responden igual. De manera que pareciera que, en cierta manera, hay algo específico, hay algo propio dela especie. El elefante hace siempre lo mismo. En cambio, nuestra manera de encararla muerte, para cada uno de nosotros, es absolutamente personal y diferente.

Me parece que es interesante pensarentonces en cómo enfrenta el hombre primitivo, en el curso de la evolución, cuando se hace consciente de que va a morir, la idea de su propia muerte; cómo la enfrenta. Inicialmente, el hombre primitivo no menciona la muerte, no la nombra. Para el hombre primitivo la muerte es un viaje, un sueño, un accidente, una enfermedad, hasta un nacimiento. Pero no hay al principio palabra para decir Muerte. La forma de acercarse a la muerte es metafórica. Al hombre primitivo lo aterra la descomposición del cadáver,la putrefacción. Notanto la muerte como el hecho de que el cadáver se descomponga. Porque cuando el cadáver se descompone es que el hombre se hace consciente de su pérdida de individualidad. Eso que ha muerto además se está descomponiendo, y el hombre tiene que ocultarlo. Tiene que negarlo. De manera que frente a la evidencia de la muerte, el hombre empieza a tapar el rostro del que ha muerto con piedras. Oculta el cadáver. El hombre primitivo niega la muerte, la niega una y otra vez. Y busca que el cadáver desaparezca, pero no que desaparezca del todo. Evita la putrefacción. Entonces practica el canibalismo, practica la incineración, practica la cremación, o entierra, para no ver que el cadáver se descompone.

El hombre primitivo vuelve a negar la muerte cuando genera la idea del doble: el hombre no muere, porque queda un doble. Ese doble recibe un tratamiento como el de los vivos, y de hecho para el hombre primitivo muertos y vivos coexisten todo el tiempo y puede ser entonces que en una noche oscura se encuentre con alguien y le pregunte si es vivo o muerto. Y ese que ha muerto, pero que en realidad va a hacer un viaje, el viaje del doble hacia el reino de los muertos, tiene utensilios, y está vestido, y recibe comida y no es tratado entonces como un muerto. De alguna manera el doble niega la idea de la muerte: hay otro que es igual a mí y aunque yo haya muerto, va a seguir haciendo un camino. Hasta tal punto el hombre primitivo niega la idea de la muerte que incluso las palabras que utiliza son significativas. La palabra cementerio viene del griego y significa “dormitorio”. En el origen de la palabra cementerio está: yo me acuesto, yo me acuesto y duermo. De manera entonces, que incluso el cementerio no es un lugardonde haya muertos, hay dobles. Hay dobles que están soñando, que están durmiendo y que prosiguen su vida. Y frente a esta idea del doble hay otra, la idea de la resurrección, la idea del renacimiento. El hombre primitivo entonces, a veces cree en el doble, a veces cree en la posibilidad de renacer; pero de cualquier manera la muerte sigue siendo algo  lejano, algo que no se puede nombrary no se puede aceptar.

El hombre va evolucionando y pasa de civilización de cazadores a civilización de plantadores. Y cuando se establece en un lugar, empieza a vincularse más con la naturaleza que lo rodea  y la idea de la muerte va cambiando. Para las civilizaciones de los cazadores la muerte es siempre un asesinato, sus dioses matan y mueren. Eso tiene que ver con que el hombre se alimenta matando animales. Cuando el hombre se establece y pasa de ser cazador a ser plantador, es cuando la idea de la muerte empieza a cambiar, porque se admite que hay un ciclo vital, que hay un ciclo en la naturaleza y que en el lugardonde algo se entierra después puede crecer un árbol. De manera entonces que la muerte, que hasta ese momento era negada, se transforma de alguna manera en un símbolo de fecundidad. Va a haber fecundidad porque hay muertos. Y son muchas las leyendas y los mitos de diferentes pueblos, donde esta idea de “los árboles que nacen de la sangre derramada por… (sin ir más lejos, el ceibo para nosotros), tienen un sentido.

El hombre empieza a aceptarla idea de la muerte. Paralelamente, empieza a fundarciudades, y con las ciudades empiezan a aparecer las clases sociales. Resulta entonces que ya no todos los dobles son iguales. Algunos dobles son más importantes que otros: los dobles de los reyes, los dobles de los dignatarios, son más importantes que los dobles de la gente del común. Y esos dobles resultan el germen de los “dioses primitivos”. El hombre entierra sus muertos, no todos los muertos son iguales, no todos los dobles son iguales. Y muchas veces entierra a sus muertos en posición fetal, porque el hombre vuelve a la tierra y la tierra esla madre. Laidea entonces de la caverna, la gruta e incluso la tumba empieza a cobrarotro significado. No ya solamente para ocultarla muerte, como al principio, sino como una forma de establecer el retorno del hombre a su madre, y diría que desde entonces todo puede renacer. A la idea de los dioses, con el tiempo, sigue la idea del alma. La idea del alma es una idea posterior, la idea de que dentro de cada uno hay algo que es incorruptible, que no es un doble (porque el doble éramos nosotros mismos) sino que es una parte de nosotros, que al principio parecía tener naturaleza material pero después no. Y los dioses primitivos van desapareciendo, y más adelante está la idea de la posible salvación.

Interesaría señalarla relación que tiene la muerte con algunos hechos fundamentales de la cultura. La muerte sin duda tiene que ver con el surgimiento de la religión. Toda religión es religión porque nos promete un después, algún tipo de después, individual o social. Pero no podemos pensar en la idea de la religión si olvidamos que la religión surge como una forma de respuesta del hombre frente a la muerte.  El siguiente punto es que la muerte, sin duda, tiene que ver con elarte. Entre las manifestacionesartísticas más antiguas del ser humano están las que se encuentran en tumbas, en la vestimenta de los muertos enterrados, en todo aquello que acompañaba al muerto. Y sin duda, y esto quizás tiene más que ver con nosotros, la muerte tiene que ver con la medicina. ¿Qué es la medicina finalmente sino la idea de posponer la muerte, de lucharcontra la muerte (y aún cuando la muerte fuera solamente una enfermedad)? ¿Qué es la medicina sino la idea de poder curaresa enfermedad, y de aplazarla muerte? Si el hombre en el Neolítico vivía treinta años y ahora vive ochenta, sigue deseando no morirse. Un tema interesante es el del patrono de todos nosotros, Esculapio. Si ustedes recuerdan el mito,  Esculapio es el hijo de Apolo; nace en situación un poco turbia y es dejado bajo el cuidado del centauro Quirón que le enseña elarte de curara la gente. Y Esculapio cura y cura y cura, pero se excede: Esculapio resucita muertos. Esculapio empieza aarrancargente del infierno, del Hades. Y eso es lo que motiva la queja, de manera que finalmente Zeus lo mata, fulminándolo con un rayo. Porque la medicina parece tener un límite, y quizás no debamos resucitarmuertos. Y Apolo llora por la muerte de Esculapio, y entonces Zeus de algún modo lo compensa y transforma a Esculapio en una constelación.

A mí,  para terminar, me gustaría recordar que cuando era chico, en la biblioteca de mis padres había dos libros, que por casualidad estaban uno al lado del otro. Eran los dos de Editorial Mirasol, una editorial de libros chiquititos, que los más viejos recordarán.  Había dos libros uno junto al otro, y a mí siempre esa pareja me llamó la atención. Uno se llamaba “El hombre no quiere morir”, era una novela. Y el que estaba al lado era: “Todos los hombres son mortales”. Entonces, desde chiquitito!, asistí a esa contradicción permanente entre lo que queremos y lo que es.

Para terminar quisiera traer a colación un fragmento muy breve de Netzahualcoyotl, un poeta azteca, que decía:

 

Estoy embriagado, lloro, me aflijo,
Pienso, digo,
En mi interior lo encuentro:
Si yo nunca muriera,
Si nunca desapareciera.
Allí donde no hay muerte,
Allí donde ella es conquista,
Que allá vaya yo…
Si yo nunca muriera,
Si yo nunca desapareciera.

* Adaptación de la presentación en la Mesa El Médico y la Muerte, en el XXXIV Congreso Argentino de Cardiología

El que no está

Alfredo Piombo

Es curioso que en Medicina exista un síndrome que no ha sido descripto. Se denomina el “Sindrome del que no está”. Me atreveré a hacer una primera descripción del mismo con la esperanza de que colegas más avezados en el futuro lo corrijan y le den una forma definitiva y más elaborada.

Se refiere a la persona que se busca y no está. Puede ocurrir en cualquier época del año pero es más frecuente en los meses de verano, en especial en el mes de Enero (desconozco la razón precisa) en que, tal como si fuera obedeciendo una ley cuya violación implicara una pena intolerable, los argentinos se ven obligados a tomar sus vacaciones. Debo confesar con cierto temor que desde hace muchos años tomo vacaciones en otras épocas del año, hecho que la gran mayoría de mis colegas no logran comprender considerándolo como “anormal”. Quizás tengan razón, pero sin embargo no he podido encontrar reglamentación o legislación alguna que lo avale.

Relataré ahora una historia ficcional en la que cualquier parecido con la realidad será, obviamente, fruto del azar.

Es un día de verano en un nosocomio de la ciudad. El profesional (llamémoslo K. en homenaje a Kafka) necesita hablar con un colega. Al ir a buscarlo se le informa que “está de vacaciones”. Bien, no hay problema, K. busca a otro pero ocurre lo mismo, y así con un tercero. Finalmente encuentra a uno y suspira con alivio. Luego debe solucionar un problema más grave por lo que necesita recurrir a una alta autoridad. “Hoy está ocupado, pero venga el lunes que lo recibirá”, le dicen. K. va el lunes con entusiasmo y le espetan: “No está, empezó sus vacaciones”. ¿Quién lo reemplaza?, pregunta. “Lo reemplaza Z. pero no se ocupa de estos problemas”, le contestan. Confundido, K. se retira. Pero no se da por vencido. Se le ocurre que otra de las distinguidas autoridades también puede solucionarle el problema. Concurre a su despacho pero lo encuentra cerrado. Llama por teléfono, vuelve al lugar y nada. Finalmente, un funcionario le susurra: “Es que está de vacaciones, y la secretaria también”. K intenta averiguar cuándo vuelve y obtiene como respuesta: “Pruebe la semana que viene”. K. desiste de solucionar el problema y se retira cabizbajo.  Al día siguiente K. necesita hablar con el jefe de residentes. Adivinen: se fue de vacaciones. Ante la pregunta obvia de quién está en su lugar una secretaria mira a K. con cara de sorpresa y no atina a contestar. K. cree comprender y se retira confuso.

Finalmente, ya en estado de desesperación, K. encuentra a un grupo de colegas y les pregunta a viva voz: “¿Alguien sabe si yo estoy?” La respuesta es inmediata y contundente: “No, Ud. no está”.  Agitado y con un sudor frío en la piel, K. se despierta.  “¡Qué alivio, fue todo una pesadilla!”, exclama. E inmediatamente le viene a la mente una frase que conocía de su admirado Ernesto Sábato: “No hay nada más real que un sueño”.

El discípulo de Dios (II y III)

II

El discípulo de Dios contempló el valle desde el acantilado que bordeaba la garganta del río. Bestias solas o en grupo ocupaban todo el espacio habitado de abedules, enebros y pinos. Desde el talud una corriente de aire que emergía de una de sus fisuras, mucho más fría que el glaciar del exterior, le acarició el rostro con la fuerza de la memoria. Y de un designio. Detrás de unos escombros penetró en la roca por la discreta hendija hacia una amplia bóveda extendida por centenares de metros. Alta y profunda, llena de rocas calcáreas y huesos de bestias. El suelo arcilloso, mantenido por las filtraciones del agua, lo encuentra  sembrado de depresiones donde las bestias llagan para dormitar. Las superficies carbonatadas brillan en las paredes. Las estalagmitas milenarias desprenden luces blancas; intensamente anaranjadas son las colgaduras que penden del techo.

Se emociona con el encuentro. Ahora su pensamiento es complejo. Debe elegir entre lo andrajoso de la existencia o lo sublime de su legado. Esto no es azar reflexiona. Y con el carbón de piedra en su mano ya ha elegido. No se apartará de la cueva hasta representar en sus paredes lo que su vista abarca en el valle. Algunos se le acoplan a la idea con el fervor de una ceremonia. Y el trabajo se vuelve intenso porque jamás podrían pensar en un mañana. La vida se consume íntegra a su paso.

Prepara las rocas. Raspa las paredes para dejarlas libres de escombros e impurezas. La superposición de los trazos hablaría con el tiempo de la dimensión real de sus gestos. El difuminado con arcilla y carbón llevaría con la sombra lograda su obra a la conservación, a la inmortalidad anónima. La perspectiva empleada se adelantaría a los refinamientos renacentistas de los artistas de milenios posteriores. Crea sin límites. Las imágenes respetan el espacio natural de las bestias. Parece, más aún, que desde la piedra llegan al mundo. Los animales confrontan, persiguen o yacen simplemente. Líneas firmes, sin miedo. Con plena conciencia otorga arrogancia en los rostros de las bestias. No avizora miedo ante las fieras. Les otorga vitalidad, fortaleza, volumen, movimiento, emotividad. Utiliza pigmentos rojos de óxido y pinturas negras. Las primeras para sus manos y contornos de las imágenes, las segundas para las bestias que depredan. En los nichos y protuberancias de los muros halla los volúmenes que necesitan las figuras.

El arte que emplea es inherente a su instinto más primitivo, más fuerte que el de la supervivencia. Nadie jamás sabrá de su nombre. La breve existencia que posee está más inclinada por unir el talento a la necesidad espiritual que en obtener la inmortalidad de su nombre que es gutural y que jamás nadie conocerá. La identidad al principio de los tiempos era olvido. Sólo el arte lo registraría, aunque fuese anónimo el orfebre.

El carbón mineral es la huella del discípulo. Desde su creación entra en el misterio. No lo soslaya como lo harían los hombres que hoy habitan la tierra. La ceremonia había culminado. Debía partir por el borde del acantilado. Tuvo la impresión que ya se había alejado alguna vez. Intuía que aprender es olvidarse de ser. El arte logrado demostraría que no es un proceso evolutivo como el resto del conocimiento, sino que proviene de su mismo génesis. De esa facultad que tuvo desde el origen. ¿Qué hecho sino el legado del Hacedor llevó al discípulo a este genio creador? Entonces escuchó en su interior una voz que le decía: “únicamente tu misión no es azar, estaba presente desde el inicio de la obra”.

 

III

Chaveut-Pont D´Arc es la obra de un artista mayor descubierto en el año 1994. Todo el desarrollo posterior en el arte plástico se halla en esta cueva ubicada en el talud del río Ardèche (Alpes franceses), la cual fue utilizada de atelier hace 32.000 años. Las cuatrocientos veinte figuras animales y catorce especies representadas tienen ya en el estilo los logros que iría adquiriendo el arte en su desarrollo venidero. Perspectiva, expresión, profundidad, sentimiento, proporción, movimiento, fueron logrados en las paredes de la caverna con sus superficies rugosas, anfractuosas, quebradas. Más sugestivo es que este bestiario desnuda el alma de las imágenes. Cada animal tiene identidad, personalidad, concentración, que lo hacen único. No están quietos. Las figuras distribuidas en el amplio espacio simulando un escenario natural se desplazan inquietantes implorando su “ser animal”. No se evidencia piedad o miedo. Hay realidad consciente. La vigencia del trazo y de lo expectante de las posiciones al momento de ser observadas linda con la eternidad.  Han pasado de la muerte de sus vidas a ser vivos en la muerte. Chaveut es el atelier anticipado de difícil razonamiento. Vulnera todos los sistemas que el humano edificó con la cronología. Anticipada a los logros técnicos roza la espiritualidad. Desde ahí parece advertir al mundo que en esa confluencia del hombre de Neardental que desaparecía y el Homo sapiens que emergía, en el inicio de la expansión humana europea, un artista mayor al margen del legado genético de la supervivencia ya poseía pleno desarrollo del talento. Esta facultad era independiente al esfuerzo diario por sobrevivir y a la evolución del conocimiento; una impronta de su origen que sólo se halla en la comprensión más allá de la razón, a través del misterio. Esta cueva es un templo espiritual. La observancia no admite acto racional para su comprensión. Desde ahí, el artista disertó al mundo. Desde Chaveut el arte emerge como un acto divino, previo al desarrollo moral y ético del hombre, al conocimiento técnico. A sus propósitos desmedidos de poder y gloria.

El gran legado del enigma que nos envuelve es el arte. En él se halla la identidad de cada acto sin perversidad. Es lo que logra el artista al representar un hecho único, irrepetible, emocional, profundo, sincero. Ese artista se sintió el discípulo del secreto, al que los humanos luego llamaron Dios. ¿Cómo se explica la facultad artística milenios previos a la escritura? Fue el mandato que recibió el hombre antes de otro aprendizaje. El misterio es arte. Donde al hombre no le alcanza la razón se inicia la fe. Para entender a la cueva de Chaveut debemos desmoronar a la sensatez del  raciocinio. El aprendizaje de la historia que acontece en esas rocas derrota a la lógica en la construcción de los dogmas. Siempre es exigua la razón. El hombre inventa su escenario de luces e intenta ser su propio Dios con el conocimiento, pero ignora el límite de la conciencia.

Chaveut es un mensaje que sobrepasa los tiempos. Todavía el hombre no comprendió el significado. Su interpretación espera un hombre diferente. La cueva alerta que la vida es una experiencia del corazón. El discípulo como lo hizo el Hacedor enseñó con la fuerza del arte. No pudo hacerlo con la existencia. La diferencia entre ambos era en sus inicios sólo un grado de comprensión, no de calidad. El hombre lo arruinó.

El discípulo de Dios (I)

El tiempo es lo que nos sirve para colisionar con el azar

 

 

El paisaje olía a eternidades. La humedad del verde se escabullía de los tupidos árboles deslizándose por las cortezas hasta embeber un humus negro y fecundo. Arriba de sus crestas el cielo apenas se visualizaba en retazos azules a través de los calidoscopios de las hojas. Todo parecía suceder sin pasar del mismo momento. No había ni un antes ni un después. Nada nacía ni moría, sólo se manifestaba la transformación en la intimidad que da el pensamiento. Los instantes idénticos no necesitaban que hubiese tiempo. El sol brillaba como un guerrero astral detenido en la línea más baja del horizonte. Rojo y gigante asomaba su mitad del círculo mientras la otra se hundía en el abismo cósmico. No se podría saber si amanecía o caía la tarde, más bien parecía estar todo suspendido por algún hechizo. La inmensa maquinaria de relojería sideral se hallaba detenida en un punto entre el día y la noche. La opacidad exteriorizada no presumía si pertenecía al amanecer o a la muerte de la luz. Este intermedio se erguía sin decidir si el sol estaba muriendo o si se levantaba de su lecho.

La caverna se hallaba disimulada en la hondura del follaje a tal punto que debía dirigirse la vista con demasiada precisión para poder ser hallada. Oculta en la urdimbre de los pastos y las ramas, la rodeaba un acantilado que se manifestaba en un amplio anfiteatro con pisos terracotas, húmedos como el valle que más allá del río parecía extenderse sin límite. Del techo, la humedad goteaba con la pausa justa que da la perseverancia para modelar las estalactitas desde el agua a través de la eternidad. Los escasos senderos que partían del lugar permitían recorrer una maleza tan alta como era la necesidad de las bestias que acechaban y de las que debían ocultarse. El verde tenía toda la avidez del génesis, en un tono brillante, vital, reluciente.

No había tristeza en esa melancolía cálida sin tiempo porque no era el sentimiento el origen de la tristeza. La paz se esparcía al contacto de la vista con cada brizna que asomaba en el paraje. Todo el paisaje presumía estar a la espera de ser fecundado cuando el fiel de la balanza cósmica se inclinase poniendo en marcha los días y las noches, la vida y la muerte, el deseo y el fracaso, el amor y la indiferencia, la historia y el destino. El momento perenne extendía la quietud que tendrían en el mañana los domingos por la tarde, pero a su diferencia no se exhalaba congoja. La monotonía del sitio no percibía vislumbrar contraste alguno. Se diría que no era posible diferenciar si todo estaba ya hecho o debía hacerse. Un infinito paralizado reinaba soberano, desprovisto de cualquier sospecha o inclinación. En lo alto de la esfera celeste sólo brillaban las estrellas más relucientes. Las tímidas quedaban ocultas por la indecisa penumbra que imperaba.

Ese día, cuando una luz media se descomponía en un prisma de tonalidades múltiples que apenas se iban diferenciando unas de otras, el Hacedor observó extraños fuegos en el firmamento. Habían aparecido de improviso con la forma de líneas quebradas y de un blanco intenso que corrían por el cielo retumbando con un sonido lacerante y agudo. Esas luces aparecían por los cielos asemejándose a un azote, al látigo del misterio. Un rebenque luminoso y centelleante en forma de rayo intentaba hacer corcovear el cosmos y poner al tiempo en movimiento. Una brisa inexplicada y creciente se insinuó hasta mecer el follaje intentando retirar al lugar de su sosiego incontable, porque nunca había tenido la posibilidad de ser contado. El Hacedor interrumpió su labor, ahora sus manos ya no moldeaban la arcilla dando forma a las estatuas. Éstas en la profundidad de la caverna se habían ido acumulando hasta impedir cualquier paso entre ellas. Él las había ido identificando, bautizándolas con el nombre de hombre, mujer y cada una de las bestias. Más de una vez su compañera le había advertido del riesgo al cual se habían lanzado con la creación, sospechando que ellas se rebelarían del encierro en la arcilla. Entonces el Hacedor abría sus manos de dedos extensos y huesudos, intensamente curvos de tanto modelar las formas y profería una extensa carcajada que se daba paso a través de una barba ceniza, apenas salpicada de algunas hebras más oscuras. Sus ojos claros descomponían agudamente, en la trasparencia honda de su iris, el paisaje húmedo y verde que los envolvía. Su compañera acostumbraba a quedarse con la última palabra, que de tanto repetirla se había transformado en una sentencia: “ya me lo dirás”.

No se sabía si el Hacedor hablaba por fuera de sus manos. Incrustadas de caliza ellas tenían la fuerza de la voz. Abiertas, expresivas, nunca crispadas, tenaces. Parecían estar siempre conteniendo una forma trabajada afanosamente aunque no estuviese la arcilla entre ellas. Tampoco conocía de la finalidad de su destino. Provenía de lo enigmático. Él era el Hacedor de la matriz del misterio. De la divinidad.

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El diablo está en los detalles

Daniel Nul

—Juana, usted tiene una lesión obstructiva severa en su carótida.

  Es conveniente que programemos una intervención quirúrgica a la brevedad.

—Bien doctor, proceda. Pero debo advertirle que yo soy testigo de Jehová  y debo asegurarme que bajo ningún concepto se me transfunda sangre.

—Mire Juana, en este tipo de operación es muy poco probable que deba ser transfundida.

—¿Pero existe una probabilidad, no?

—Sí,  por cierto. Pero yo diría que dicha probabilidad es menor a 1 en 100.  Por lo que, considerando su deseo,  llevaremos  al máximo el uso de soluciones parenterales expansoras, lo cual reducirá al mínimo el riesgo de transfusión llevándolo probablemente a menos de 1 en 400 casos.

—Eso no es admisible para m­i, doctor.  ¿Usted  no conoce los sistemas de recolección y reinfusión de sangre?

— Sí, pero no tengo experiencia, y la verdad no me imagino como funcionaria algo así en una cirugía como la suya.

Sería más conveniente pensar en una autotransfusión, con su propia sangre previamente almacenada.

—Eso tampoco sería aceptable para mí.

—¿Pero Juana, usted pretende que si su vida dependiera de una transfusión yo no la transfunda?

—Si, doctor.

—¡Pero entonces, usted moriría!

—¡Si así lo quiere Dios!

—Bueno, en esos términos es inadmisible para mí. Yo también tengo una fe que privilegia ante todo la vida, y si no fuera así, tengo que anteponer mi juramento Hipocrático.

—Doctor, hay lugares donde me operarían bajo mis premisas.

—Juana, si es así debería atenderse directamente en ese contexto,   aunque no sé si su obra social lo  autorizaría.

Yo le propongo un trato. Estoy en condiciones de asegurarle el 99.9% de probabilidad de que no requiera una transfusión, por lo que le pido asuma en este trato un riesgo mínimo restante de tan solo 0.01%.

Estoy seguro que Dios nos iluminara a ambos, para que estemos conformes. ¿Está de acuerdo?

—No, doctor.

¡Usted aún no consideró lo que el diablo es capaz de hacer! 

PD: Juana finalmente acepto operarse

       Fue operada con éxito.

       No requirió transfusión sanguínea.

Lo llamativo de este caso, es que es la única vez en mi larga trayectoria  en  la que pude convencer a un paciente de esta fe.

Aunque hoy hay leyes que los amparan y los médicos podemos recurrir a amparos judiciales, el dilema ético persiste:

 ¿Lo trato de convencer o no pierdo el tiempo?

Cómo se inició la ecocardiografía en nuestro país

Ricardo J. Esper

El Congreso del ACC de marzo de 1973 en San Francisco tuvo connotaciones especiales en mi vida. Al mismo concurrimos sólo tres cardiólogos de la Argentina, los Dres. René Favaloro, Bernardo Boskis y yo. Hubo más médicos argentinos, como los Dres. Roberto Barcala, Ramón Fábregas y otros, pero todos radicados en USA. Era mi primer congreso en USA y estaba alojado en un hotelito cuyo coste era de u$s 28 por día. Registrarse en el Congreso costaba u$s 120 y, como es de imaginar, no podía pagarlo. Fue entonces que el Dr. Boskis habló con el Dr. Elliot Corday, me hizo pasar por su residente, y aboné solo u$s 30 por la inscripción.

En el exhibit pude ver por primera vez el ecocardiograma en modo M y fue amor a primera vista.  Se lo hice ver al Dr. Boskis y ambos compramos la primera edición del libro de H. Feingenbaum.

Llegado a Buenos Aires, hurgué en todos mis bolsillos para conseguir el dinero y poder adquirir un equipo Metrix, que tenía fonocardiograma agregado, pero no lo vendían por no tener representantes en la Argentina. Fue entonces que lo comenté al Ing. Carlos M. Garavilla, y cual no fue mi sorpresa al enterarme que había constituido una empresa junto al Ing. Andrés Trakinsky que nominaron Iraola y Cía, cuyo primer movimiento comercial fue representar a Metrix y traer el primer equipo de eco a la Argentina. Allí comenzaron mis desvelos, practicando con cuanto individuo quisiera acostarse en la camilla para realizarle un ecocardiograma y, poco a poco, ir sintiendo seguridad y hasta hacer diagnósticos impensados como “prolapso valvular mitral” o “hipertrofia septal asimétrica”.

Llegó el mundial de cardiología de 1974 y se exhibió un equipo Smith Kleine que posteriormente adquirió el Dr. Boskis. Su hijo Pablo, recién recibido, estuvo un mes en Los Angeles entrenándose para su manejo.

La primera comunicación sobre ecocardiografía en Buenos Aires y Latinoamérica fue en la primera reunión científica de la SAC, abril de 1975, donde el Dr. Pablo Boskis mostró el ecocardiograma normal en modo M. La segunda presentación fue en la reunión del mayo siguiente, en la que junto al Dr. Madoery presentamos las imágenes del prolapso valvular mitral y su diferenciación con la insuficiencia mitral reumática (Fig. 1).1 En la tercera reunión desplegamos las imágenes de las válvulas protésicas de duramadre.2  Y el torrente de comunicaciones comenzó a dispararse a velocidades no sospechadas.

   

Figura 1: Primer ecocardiograma publicado en nuestro país, mostrando un prolapso valvular mitral señalado con flecha. Debajo, el fonocardiograma que muestra el soplo telesistólico y el electrocardiograma referencial. Rev Argent Cardiol 1975;43:135

Para ese entonces entró en el juego el Hospital Italiano, que había adquirido otro Smith Kline, con su gran aporte en el diagnóstico de los derrames pericárdicos y las prótesis valvulares. Es dable recordar que en un fin de semana, por la rotura de un caño estuvo cayendo un chorro de agua sobre este equipo por más de un día y el lunes a la mañana, ante la desesperación de sus operadores, los Dres. Hernán Doval y Oscar Bazzino, una vez secado se encendió y funcionó a las mil maravillas.

El Dr. Boskis y sus colaboradores, a principios de 1977, editaron un libro de casos clínicos cardiológicos con las primeras imágenes de ecocardiografía en modo M,3 y a fines del mismo año, con colaboradores de nuestro país y España, pudimos editar el primer libro de ecocardiografía en nuestro medio y en Latinoamérica, del cual se reimprimieron otras dos ediciones en años posteriores.4

En 1978 el grupo del Dr. Boskis incluyó el modo Bidimensional mecánico y, en 1979 pude adquirir un equipo de eco Bidimensional (phase array) con Doppler pulsado (ATL, Mark V), el primero de estas características en Latinoamérica, que permitió detectar la regurgitación valvular aórtica no auscultable, hallazgo publicado por primera vez a nivel mundial en 1982 en el American Journal of Cardiology, hoy día cita obligada en todos los textos sobre el tema (Fig. 2).5

 

Figura 2: Enfermedad reumática mitro-aórtica. A la izquierda, el detector del Doppler pulsado (flecha delgada) está colocado en la aurícula izquierda detrás de la válvula mitral y detecta el flujo turbulento sistólico (flecha gruesa) de insuficiencia mitral. A la derecha, el detector está en el tracto de salida del ventrículo izquierdo sobre la valva anterior de la mitral, detectando flujo turbulento diastólico de regurgitación valvular aórtica. Am J Cardiol 1982; 50: 1037

 Vale la pena recordar que la primera publicación de imágenes de ecocardiografía de la patología que en ese entonces se llamaba “estenosis subaórtica dinámica”, fue realizada por un argentino que trabajaba en USA con el Dr. Bernard Segall, el Dr. Eduardo Moreyra, quien describió en 1968 que la valva anterior de la mitral contactaba el septum interventricular en diástole.6

Pero lo más destacable es que el primer ecografo que se construyó en nuestro país, y quizás uno de los primeros del mundo, lo hizo el Ing. R.P. Mc Loughlin en 1948, con quien colaboró el entonces cirujano cardiovascular Dr. Gerónimo Guastavino, para localizar cálculos y calcificaciones, pero en una demostración en la AMA, el Dr. Pedro Cossio pudo vislumbrar el movimiento de la válvula mitral.7

Para fines de los años 70 la ecocardiografía se difundía con la velocidad de una epidemia, no solo en nuestro país sino en el mundo entero. Para que los lectores tengan una idea, solo en un año se vendieron 75 equipos ATL en la Argentina. Y lo demás es historia, accesible en cualquier manual de eco.

Referencias:

1.- Esper RJ, Madoery RJ. Evaluación ecocardiográfica del síndrome de clic mesositólico y soplo tardío. Rev Argent Cardiol 1975; 43: 135-147

2.- Esper RJ, Ferreira R, Girardi C, Molteni L. Evaluación ecocardiográfica de las prótesis valvulares de duramadre. Rev Argent Cardiol 1975; 43: 343-54

3.- Cuesta Silva M, Boskis B, , et al. Ecocardiografía clínica. Buenos Aires, El Ateneo, 1977

4.- Esper RJ. Introducción a la Ecocardiografía. Buenos Aires, Stilcograf, 1977

5.- Esper RJ. Detection of mild aortic regurgitation by range-gated pulsed Doppler Echocardio- graphy. Am J Cardiol 1982; 50: 1037-43

 6.- Moreyra E, Segall BL. Echocardiographic study in subaortic muscular stenosis patients. Prensa Med Argent 1968; 55: 767-73

7.- Mc Loughlin RP, Guastavino GN. LUPAM. Localizador ultrasónico para aplicaciones médicas. Rev Asoc Med Argent 1949; 63: 421

Viajero Frecuente II, ¿algo para declarar?

“Lo mejor de los viajes es lo de antes y lo de después”

Maurice Maeterlinck ( premio Nobel literatura 1911)

Jorge Lowenstein

La vivencia de un viaje comienza mucho antes de partir, cuando leemos información o escuchamos relatos sobre el destino elegido o simplemente recordamos experiencias previas. El durante es único e  irrepetible y el después, tamizado por el tiempo, aún parece mucho mejor; sin embargo, el viaje se vuelve verdaderamente memorable y mágico cuando se relata o se vuelca la experiencia al papel.

En una época, solía filmar los diferentes itinerarios con una cámara  super 8 y pasé  largas jornadas editando las mejores escenas; son miles de metros de celuloide que guardo y que nunca volví a ver, por lo cuál, hace años que sólo registro  fotografías y ahora por primera vez, con la posibilidad del blog de la Revista Argentina de Cardiología intento transformar los recuerdos en palabras.

Aunque no soy muy afecto de volver a los mismos lugares (“nunca vuelvas donde fuisteis feliz” dice un viejo proverbio, probablemente enunciado por un nostálgico poeta) tuve la oportunidad de repetir el destino Siberia (Tyumen) en el año 2006 durante el XV World Congress of the Internacional Cardiac Doppler Society (ICDS).

En general los viajes prolongados en avión aburren e inquietan y éste no fue la excepción; después de 13 horas a Madrid y 5 más a Moscú, continuar luego hacia Tyumen se hizo interminable; en éste último tramo se presentó  una situación insólita; tuve la  oportunidad de viajar en la primera  fila  con comodidades especiales, como que había, sobre una repisa de madera delante de mi asiento, un televisor de 20 pulgadas, que con cada movimiento del avión, como no se podía plegar ni guardar, seguía las oscilaciones del avión producto de  inesperadas turbulencias, mientras que entre susto y sorpresa intentaba degustar el arenque acompañado de un vaso de vodka, ofrecido como desayuno light.

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