Publicaciones destacadas desde la perspectiva del cardiólogo

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Por el Dr. Jorge Thierer

La fibrilación auricular ejerce un efecto más
perjudicial en las mujeres

Emdin CA, Wong CX, Hsiao AJ, Altman DG, Peters SA, Woodward M, et al. Atrial fibrillation as risk factor for cardiovascular disease and death in women compared with men: systematic review and meta-analysis of cohort studies. BMJ 2016;532:h7013. http://doi. org/bdx2

La fibrilación auricular (FA) es un predictor de accidente cerebrovascular (ACV) y mortalidad en hombres y mujeres. Sabemos que algunos factores de riesgo pesan
diferentemente según el género: así, por ejemplo, la diabetes es un predictor de ACV y enfermedad coronaria más fuerte en las mujeres. En el caso de la FA, la información es contradictoria. Recordemos que en el puntaje CHA2DS2VASc el género femenino implica un riesgo adicional de ACV, pero ello podría deberse a que en la población general, independientemente de la FA, el patrón de covariables predictoras de ACV es desigual en hombres y mujeres. Los autores de este reporte llevaron a cabo un metaanálisis de estudios observacionales de cohorte en los que hubiera hombres y mujeres, un mínimo de 50 individuos con FA y 50 sin FA, y un seguimiento mínimo de 6 meses. El objetivo fue definir si la FA implica más riesgo de alguno de estos eventos en mujeres. Solo se incluyeron los estudios en que se reportara la incidencia de eventos (mortalidad total o cardiovascular, ACV mortal y no mortal, infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca, enfermedad vascular periférica o renal) según género y presencia o ausencia de FA, ajustando por edad (las mujeres son más añosas en todas las series) y la presencia basal de enfermedad cardiovascular. Se excluyó la FA posoperatoria y no hubo restricciones idiomáticas.
Se incluyeron 30 estudios, con 4.371.714 participantes, de los cuales el 1,5% tenía FA. La presencia de FA implicó mayor riesgo de eventos en hombres y mujeres
respecto del ritmo sinusal, pero fue relativamente mayor en las mujeres: a) para mortalidad total: RR 1,12, IC 95% 1,07-1,17; b) para mortalidad cardiovascular: RR 1,93, IC 95% 1,44-2,60; c) para ACV: RR 1,99, IC 95% 1,46-2,71; d) para insuficiencia cardíaca: RR 1,16, IC 95% 1,07-1,27. En términos de eventos por cada 1.000 pacientes/año, la presencia de FA en mujeres respecto de hombres implicó 1,8 muertes, 3,1 ACV y 6,1 insuficiencias cardíacas en exceso, en todos los casos con significación estadística.
La FA, si bien es predictor universal de mala evolución, en este metaanálisis aparece claramente vinculada a más riesgo en mujeres que en hombres. ¿Por qué? Pueden esgrimirse diversas teorías. Es posible que las mujeres sean menos tratadas con anticoagulantes: ello se ha corroborado en algunas cohortes, pero no en otras. Es factible que la respuesta eléctrica al uso de antiarrítmicos sea en ellas diferente, con mayor riesgo de arritmias graves. Tal vez el ajuste por enfermedad cardiovascular basal no haya sido adecuado a partir de subregistro de patología en las mujeres. Por último, no debe descartarse la confusión residual, el talón de Aquiles de los estudios observacionales: que factores no considerados, vinculados al género independientemente de la FA, sean los verdaderos responsables de las diferencias halladas. En conclusión, no podemos establecer con certeza el porqué del exceso de riesgo que la FA conlleva en las mujeres; sí podemos ver en la FA en las mujeres un llamado a una búsqueda intensiva de condiciones riesgosas y a un tratamiento que cumpla con los estándares más elevados.

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Por el Dr. Jorge Thierer

Programas de rehabilitación cardiovascular: ¿menos beneficio que el esperado? Un metaanálisis

Anderson L, Oldridge N, Thompson DR, Zwisler AD, Rees K, Martin N, et al. Exercise-based cardiac rehabilitation for coronary heart disease: Cochrane Systematic Review and Meta-Analysis. J Am Coll Cardiol 2016;67:1-12. http://doi.org/bdxz

La rehabilitación cardiovascular (RC) es una indicación de Clase I para los enfermos coronarios según las guías de práctica de las grandes sociedades cardiológicas del mundo. La intervención tiene al ejercicio como piedra basal, pero incluye también consejo sobre modificación del estilo de vida y factores de riesgo, y soporte psicosocial. Los primeros metaanálisis sobre su empleo se publicaron hace más de 20 años y mostraron consistentemente reducción de la mortalidad. Pero algunos reparos pueden formularse: muchos estudios eran pequeños o de pobre calidad metodológica; la inmensa mayoría de los pacientes eran posinfarto agudo de miocardio (IAM), con lo que otras formas o manifestaciones de coronariopatía estaban subrepresentadas; y por último, es cierto que el tratamiento farmacológico y no farmacológico ha progresado tanto en las últimas décadas de modo que es posible preguntarse si la RC mantiene su capacidad para mejorar el pronóstico.
El metaanálisis que presentamos intentó salvar estas críticas. Incluyó todos los estudios aleatorizados publicados desde 1970 hasta mediados de 2014 en los que se hubiera comparado una estrategia de RC que se basara en ejercicio (supervisado o no, en pacientes ambulatorios o internados, en contexto hospitalario, institucional u hogareño) con o sin intervención educativa o psicosocial asociada versus una estrategia que podía consistir en tratamiento habitual o intervenciones siempre que el ejercicio no estuviera incluido. Se estableció un seguimiento mínimo de 6 meses, y debía haberse reportado la evolución de los pacientes (al menos uno de los siguientes puntos finales: mortalidad total o cardiovascular, necesidad de revascularización, IAM, hospitalización, calidad de vida o costos).
Se incluyeron en total 63 estudios con 14.486 pacientes. La edad mediana era de 56 años, menos del 15% eran mujeres. En casi la mitad de los estudios se incluyeron solo pacientes pos-IAM; en el resto, la población fue más variada, incluyendo pacientes posrevascularización o con angina estable. En 24 de los estudios, la RC consistió solo en ejercicio, en el resto hubo otras intervenciones asociadas. El ejercicio instaurado fue generalmente aeróbico, la frecuencia semanal osciló entre 1 y 7 veces y la duración de cada sesión, entre 20 y 90 minutos. La mediana de duración del programa fue de 6 meses y la mediana
de seguimiento, de 12 meses.
En 47 estudios que reportaron mortalidad total (n = 12.455) no hubo diferencia en la mortalidad total con la RC: RR 0,96, IC 95% 0,88-1,04. En 27 estudios (n = 7.469) se reportó la mortalidad cardiovascular, con beneficio demostrado para la RC: RR 0,74, IC 95% 0,64-0,86. La RC no se asoció con reducción del riesgo de IAM o necesidad de revascularización, pero sí de hospitalización (15 estudios, 3.030 pacientes, RR 0,82, IC 95% 0,70-0,96). En análisis estratificado no se pudo demostrar diferencia en los resultados según tipo de paciente, patología, tipo de intervención, duración o dosis total de ejercicio administrada. Hubo, en la mayoría de 20 estudios que reportaron calidad de vida, una mejora en alguna de las escalas que la miden, pero por la heterogeneidad de los instrumentos empleados no fue posible un metaanálisis formal. Los datos sobre costos fueron dispares.
Los resultados de este metaanálisis sugieren reducción de la mortalidad cardiovascular y de la necesidad de hospitalización. No revelan disminución de la mortalidad total ni de los procedimientos de revascularización. Ello lleva a interrogarnos sobre los mecanismos puestos en juego, que tal vez no involucren
específicamente la anatomía y la función coronaria. Debe tenerse en cuenta que en general la calidad de reporte de datos en los estudios no fue buena, y que  n seguimiento mediano de 12 meses puede ser poco para notar efectos en mortalidad total. También es cierto que la inclusión de estudios más recientes, con población con menor deterioro de la función ventricular, mejor tratamiento médico e intervenciones más exitosas puede haber contribuido a diluir el efecto beneficioso del ejercicio sobre puntos duros. Es de lamentar que no ontemos con un análisis más exhaustivo de la influencia sobre la calidad de vida. Los resultados disímiles en el tema costos pueden orientarnos a concentrar los esfuerzos de programas más complejos, con mayor supervisión y participación institucional en los pacientes más riesgosos.

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Por el Dr. Jorge Thierer

Acceso radial versus femoral en la angioplastia del síndrome coronario agudo: evidencia definitiva

Andò G, Capodanno D. Radial versus femoral access in invasively managed patients with acute coronary syndrome: A systematic review and meta-analysis. Ann Intern Med 2015;163:932-40. http://doi.org/bbwr

En los últimos 20 años, el acceso radial (AR) en el contexto de la angioplastia coronaria en el síndrome coronario agudo (SCA) ha ganado un lugar progresivamente creciente respecto del tradicional acceso femoral (AF). Su ventaja fundamental: la reducción del sangrado periprocedimiento que, sabemos, es a su vez un determinante de mala evolución. Algunos metaanálisis han sugerido reducción además de los eventos isquémicos y otros han llegado a demostrar reducción de la mortalidad. Sin embargo, muchos de los estudios considerados han sido unicéntricos, y de pobre calidad metodológica. Por ello es que los autores del estudio que presentamos decidieron realizar una revisión sistemática de los ensayos aleatorizados metodológicamente irreprochables que han comparado AR versus AF en SCA y que han reportado eventos periprocedimiento, hospitalarios y a los 30 días. Cuatro estudios con un total de 17.133 pacientes fueron seleccionados: RIFLE STEACS y STEMI RADIAL (que incluyeron solo pacientes con elevación del segmento ST), RIVAL y MATRIX (que incluyeron pacientes con y sin elevación del segmento ST). La edad media osciló entre los 62 y los 65 años, y el 72% al 79% de los pacientes eran hombres. La duración media del procedimiento fue solo ligeramente mayor con AR: 0,11 minutos, diferencia estadísticamente significativa en virtud del número de observaciones. El cruce de AR a AF fue del 6,3% y el inverso, casi 4 veces menor: 1,7%. El empleo de AR fue claramente superior para casi todos los puntos finales considerados: muerte total (RR 0,73, IC 95% 0,59-0,90), sangrado en el sitio de acceso (RR 0,36, IC 95% 0,28-0,47), sangrado mayor (RR 0,57, IC 95% 0,37-0,88). No hubo diferencias, en cambio, en la incidencia de infarto agudo de miocardio o accidente cerebrovascular. Hubo alguna heterogeneidad en los resultados respecto de sangrado mayor y cruce de un abordaje al otro, pero no para muerte o infarto

Este metaanálisis confirma lo que ya había esbozado el estudio MATRIX [que comentamos en un número anterior (Rev Argent Cardiol 2015;83:376-82)]: el empleo de AR en la angioplastia del SCA se asocia con reducción de la mortalidad, y ese resultado va de la mano de una disminución significativa del sangrado en el sitio de acceso y el sangrado mayor. Las razones por las cuales el sangrado se asocia con mortalidad son variadas: desde la generación de un estado protrombótico en paralelo con la interrupción obligada del tratamiento antitrombótico, con mayor incidencia de eventos isquémicos, hasta la anemia y, en algunos casos, los efectos perjudiciales de las transfusiones. La resistencia de algunos operadores ante la supuesta mayor dificultad del procedimiento podría diluirse ante la evidencia clara de mejor evolución, la clínicamente nula diferencia en la duración con uno u otro acceso y la (aunque significativa) escasa incidencia en la necesidad de conversión de AR a AF.

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Por el Dr. Jorge Thierer

Metaanálisis de dispositivos en insuficiencia cardíaca
Woods B, Hawkins N, Mealing S, Sutton A, Abraham    WT, Beshai JF, et al. Individual patient data network meta-analysis of mortality effects of implantable cardiac devices. Heart 2015;101:1800-6. http://doi.
org/bbwp

Desde principios de este siglo, el tratamiento de subgrupos de pacientes con insuficiencia cardíaca y fracción de eyección deprimida (ICFED) con dispositivos implantables ha ganado un lugar creciente.
Cardiodesfibriladores (CDI), resincronizadores (RSC) y dispositivos con ambas capacidades (RSC-D) han demostrado que mejoran el pronóstico de los pacientes
y tienen en las guías de práctica clínica indicaciones precisas. Sin embargo, en de muchos casos los pacientes tienen características basales que los hacen acreedores a uno u otro dispositivo. Criterios clínicos y económicosentonces son esgrimidos en controversias referidas a casos concretos, en los que la evidencia que surge de uno u otro estudio clínico aleatorizado (ECA) no esconcluyente. Presentamos un metaanálisis que tiene dos méritos grandes a la hora de valorarlo: a) es un metaanálisis de datos individuales, y por lo tanto las características de cada paciente son tenidas en cuenta, b) es un metaanálisis en red, con lo que la comparación entre dos estrategias no surge exclusivamente
del estudio que la haya realizado, sino de información indirecta proveniente de otros ensayos. Así, el HR de la comparación entre estrategias A y C surge no solo de ECA que compararon A y C, sino del producto del HR surgido de comparar las estrategias A y B, por el HR de la comparación entre las estrategias B y C.
El metaanálisis incluyó 13 grandes ECA que compararon alguno de los dispositivos con tratamiento médico (TM) o dos dispositivos entre sí. Entre los ECA considerados podemos citar COMPANION, SCD HeFT, CARE HF, MADIT, MADIT II, RAFT y REVERSE. En total, 12.638 pacientes, con un seguimiento medio de 2,5 años. El 99% tenía FEy ≤ 35%. Como era de esperar, en los ECA en los que se testeó RSC o RSC-D el ancho del QRS fue algo mayor y más frecuentes el bloqueo de rama izquierda (BRI) y la CF III que en aquellos en los que se comparó CDI con TM. En base a las características basales que los análisis multivariados de los ECA o metaanálisis han demostrado influir en el resultado del tratamiento, se construyeron subgru-pos que consideraron las cuatro siguientes variables: género (hombre o mujer), edad (< 60 años, 60 años o más), ancho del QRS (< 120 mseg, 120-149 mseg, ≥ 150 mseg) y BRI presente o ausente. El punto final primario fue mortalidad total.En comparación con TM: a) el RSC-D redujo significativamente la mortalidad en todos los subgrupos analizados, excepto en mujeres menores de 60 años, con QRS de 120-149 mseg sin BRI (lo cual puede ser atribuido a chance); b) el RSC solo redujo significativamente la mortalidad en hombres o mujeres mayores de 60 años, con QRS ≥ 150 mseg y morfología con BRI, si bien hubo tendencia franca a reducción de la mortalidad en las mujeres menores de 60 años con QRS ancho y BRI, y en las mujeres mayores de 60 años con QRS de 120-149 mseg sin BRI, o QRS ≥ 150 mseg sin BRI; c) el CDI redujo la mortalidad en todos los subgrupos de hombres, mientras que entre las mujeres solo lo hizo en el subgrupo de menores de 60 años, con QRS de 120-149 mseg sin BRI (lo cual puede ser atribuido a chance). En forma global, la reducción de mortalidad lograda con RSC-D (42%) fue superior a la conseguida con RSC (19%) o CDI (18%). En la comparación entre dispositivos: a) no hubo diferencia significativa entre RSC-D y RSC en análisis de subgrupos; b) hubo reducción significativa de mortalidad con RSC-D respecto de CDI en hombres y mujeres mayores de 60 años, con QRS ≥ 150 mseg y BRI; en mujeres menores de 60 con QRS ≥ 150 mseg y BRI; en mujeres mayores de 60 años con QRS de 120-149 mseg sin BRI, o QRS ≥ 150 mseg sin BRI; c) el RSC fue superior al CDI en mujeres mayores de 60 años, con QRS ≥ 150 mseg y BRI y, en cambio, fue claramente inferior en hombres menores de 60 años, con QRS de 120-149 mseg con o sin BRI.
En líneas generales, podemos concluir que, si bien en muchos casos diferentes dispositivos pueden generar efectos similares sobre la mortalidad, el RSC concentra sus beneficios en mujeres, pacientes con QRS más ancho y BRI; y el CDI, en hombres más jóvenes. Puestos a elegir el dispositivo, un QRS más ancho y la patente de BRI nos inclinan a pensar en RSC, y en tal caso en RSC-D por la evidencia de mayor reducción de mortalidad, aun cuando ello no se verifique específicamente en ningún subgrupo en particular. De cualquier manera, la elección estará influida además en cada caso concreto por características específicas (comorbilidades, disponibilidad, etc.).

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Por el Dr. Jorge Thierer

Acceso a la medicación y salud cardiovascular:
un subestudio del estudio PURE

Khatib R, McKee M, Shannon H, Chow C, Rangarajan S, Teo K, et al; PURE study investigators. Availability and affordability of cardiovascular disease medicines and their effect on use in high-income, middle-income, and low-income countries: an analysis of the PURE study data. Lancet 2016;387:61-9. http://doi.org/bbwz

La Organización Mundial de la Salud se ha planteado como objetivo para el año 2025 que al menos el 50% de las personas en el mundo que necesitan tratamiento
farmacológico para prevención secundaria de enfermedad cardiovascular tengan acceso a la medicación. Sin embargo, el estudio epidemiológico PURE reveló que las cifras correspondientes eran mucho más bajas: 25% para la aspirina, 15% para las estatinas y cifras intermedias para los betabloqueantes (BB), los antagonistas de la angiotensina II y los inhibidores de la enzima convertidora de la angiotensina (IECA). El subestudio que acaba de presentarse echa más luz sobre el particular.
Se seleccionaron 94.919 viviendas de 596 comunidades urbanas (U) y rurales (R) en 18 países (3 de ingresos altos: Canadá, Emiratos Árabes Unidos y Suecia; 7 de ingresos medios altos: Argentina, Chile, Brasil, Polonia, Turquía, Malasia y Sudáfrica; 4 de ingresos medios bajos: Colombia, Irán, China y Palestina ocupada; 3 de ingresos bajos: Bangladesh, Zimbabwe y Pakistán; y la India como entidad aparte) de las que se tuvieran datos sobre los ingresos mensuales. Se definió la presencia de enfermedad cardiovascular que requiere prevención secundaria en 7.013 personas. Se consideraron los costos y la disponibilidad de aspirina, estatinas (simvastatina y atorvastatina), BB (atenolol
y metoprolol) e IECA (enalapril, ramipril y captopril) en cada comunidad, tomando como punto de referencia una farmacia definida por su cercanía (idealmente menos de 1 km, pudiendo llegar hasta 20) a un punto central o muy concurrido.
Se definió que había disponibilidad de la medicación si al menos una droga de cada familia estaba presente en la farmacia al mismo tiempo. Se definió también la accesibilidad a la medicación por parte de los habitantes de cada vivienda si, tras descontar de los ingresos mensuales lo necesario para comer, el gasto en la medicación citada para el mes no superaba el 20% del ingreso. Se ajustaron los datos por edad, sexo, tabaquismo, educación, antecedente de cáncer, localización urbana o rural, necesidad de otra medicación. Los datos de ingresos familiares fueron recogidos entre 2003 y 2013 y los de costos de la medicación entre 2009 y 2013, pero todos fueron ajustados a 2010, según los datos de tasa de inflación del Banco Mundial.
La disponibilidad de las cuatro familias de drogas (para cada grupo de países se presentan los datos en las localidades U-R) tuvo un gradiente de acuerdo con
los ingresos: fue más alta en los países de ingresos altos (95-90%) y en la India (89-81%), intermedia en los países de ingresos medios-altos (80-73%) y mediosbajos (62-37%) y baja en los países más pobres (25-3%). Un paciente que requiriera las cuatro drogas debería invertir en un país rico una mediana del 1% de los ingresos de la vivienda para adquirirlas, independientemente de vivir en localidad U o R; en un país de ingresos intermedios bajos o altos 5-6% en localidad U, 11% en R; en países pobres 17% y 49%, respectivamente, y en la India 13% y 68% en zona U o R, respectivamente.
Considerando la accesibilidad a la medicación con la definición presentada arriba, el tratamiento sería inaccesible para el 0,1% de las viviendas en los países
de ingresos altos, para el 25% en los países de ingresos medios-altos, para el 33% en los de ingresos mediosbajos y para el 59% a 60% en la India y los países de ingresos bajos. Incluso en el sector social de mayores ingresos, la medicación sería inaccesible en el 5% de las viviendas en los países de ingresos medios-altos,
21% en los de ingresos medios-bajos y 45% en los de ingresos bajos.
Entre los 7.013 pacientes con enfermedad cardiovascular hubo también un gradiente en la proporción de los que tomaban 1, 2, 3 o los 4 tipos de drogas. De
hecho, tomaban 4 drogas el 0% de los pacientes en los países de menores ingresos y un 18% en los países más ricos; y una droga el 17% en los países más pobres, hasta un 90% en los más ricos.
Este estudio ofrece información interesante, aunque basada en supuestos: entiende que la disponibilidad depende de la presencia de las drogas en una farmacia determinada, no considerando que bajo algunos sistemas de salud pueda haber provisión de medicación en otros centros. De igual modo, entiende accesibilidad a un valor arbitrario del 20% o menos del ingreso; tal vez valores más altos arrojarían cifras mayores. De cualquier manera, el material presentado es riquísimo, y el gradiente evidenciado (menor disponibilidad y accesibilidad cuanto más pobres los países, peores valores en las zonas rurales que en las urbanas) es verosímil y nos acerca a una realidad distante de los objetivos de la Organización  Mundial de la Salud en vastos sectores del planeta. Pero más allá de los condicionantes económicos, otras razones deben tener que ver con los valores hallados. Incluso en los países más ricos hay un 10% de enfermos cardiovasculares que no toman ni siquiera uno de los cuatro tipos de drogas recomendadas, y más del 80% que no toma los cuatro. El conocimiento adecuado de la patología y la evidencia por parte de los médicos a la hora de prescribir y la actitud de los pacientes más allá de la realidad socioeconómica seguramente tienen un rol que no debe ser despreciable. En lo que a disponibilidad y accesibilidad se refiere, sin duda, la mejora de las condiciones sociales y políticas más activas y mejor orientadas son imprescindibles para mejorar la salud cardiovascular.

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Por el Dr. Jorge Thierer

Objetivos más ambiciosos en el tratamiento antihipertensivo aseguran mejores resultados: estudio SPRINT

SPRINT Research Group, Wright JT Jr, Williamson JD, Whelton PK, Snyder JK, Sink KM, et al. A randomized trial of intensive versus standard blood-pressure
control. N Engl J Med 2015;373:2103-16. http://doi.org/bbxd

El tratamiento antihipertensivo reduce la incidencia de infarto agudo de miocardio (IAM), accidente cerebrovascular (ACV) e insuficiencia cardíaca (IC). No hay demostración clara de cuál debería ser el objetivo de tensión arterial sistólica (TAS) a alcanzar, pero suele recomendarse un valor < 140 mm Hg. Estudios llevados a cabo en diabéticos o pacientes con antecedente de ACV no han evidenciado que perseguir valores menores de TAS se asocie con mejor evolución, excepto por menor incidencia de ACV. Sin embargo, la duda persiste, y
esta ha sido la base para el diseño del estudio SPRINT, recientemente publicado.
El estudio SPRINT fue diseñado y auspiciado por los Institutos Nacionales de Sangre, Corazón y Pulmón, Diabetes y Enfermedades Digestivas y Renales, Enfermedades Neurológicas y ACV y el Instituto Nacional de Envejecimiento de los Estados Unidos. Fue un estudio aleatorizado, abierto y controlado que comparó, en pacientes hipertensos, dos estrategias: alcanzar una TAS < 140 mm Hg (tratamiento estándar –TE–) o una TAS < 120 mm Hg (tratamiento intensivo –TI–). Incluyó pacientes con TAS entre 130 y 180 mm Hg, > 50 años y con al menos un criterio de riesgo cardiovascular de los siguientes: patología  cardiovascular clínica o subclínica previa, exceptuando ACV; riesgo de eventos a 10 años según el puntaje de Framingham de al menos 15%; insuficiencia renal (exceptuando la debida a poliquistosis renal) con filtrado glomerular entre 20 y 59 ml/min/1,73 m2; edad de 75 años o más. Se excluyó a diabéticos y pacientes con antecedente de ACV. El punto final primario (PF1) fue un compuesto de IAM,
otros síndromes coronarios agudos, ACV, IC aguda descompensada y muerte cardiovascular. Se definió también un punto final referido a disfunción renal: en aquellos con filtrado menor de 60 ml/min/1,73 m2, un combinado de caída del filtrado > 50%, diálisis o trasplante; en aquellos con filtrado mayor, una caída del 30%, a un valor < 60 ml/min/1,73 m2. También se exploró la incidencia de albuminuria. Los médicos intervinientes en cada rama tuvieron libertad para elegir el tratamiento farmacológico, aunque se los instó a emplear las drogas avaladas por la evidencia. En la rama TE se planteó una TAS objetivo entre 135 y 139 mm Hg, y la demostración de valores menores en el seguimiento llevaba a disminuir las dosis del tratamiento instaurado. Se consideró que con una incidencia del PF1 del 2,2% anual en la rama TE y una reducción del 20% con TI harían falta 9.250 pacientes en un seguimiento máximo de 6 años.
El estudio se inició en 2010 y finalizó el enrolamiento de 9.361 pacientes en 2013. En agosto de 2015, por recomendación del Comité de Seguridad, fue suspendido
con un seguimiento promedio de 3,26 años. La edad promedio de los participantes fue de 68 años (un 28% tenían 75 años o más), poco más del 64% eran hombres y un 28% tenían enfermedad renal crónica. La TA media al inicio del estudio fue de 139,7/78,1 mm Hg. La TAS media en la rama TE fue a lo largo del estudio de 134,6 mm Hg y en la rama TI fue de 121,5 mm Hg, con un número medio de drogas antihipertensivas utilizadas de 1,8 y 2,8, respectivamente.
La incidencia anual del PF1 fue del 1,65% en TI y del 2,19% en TE (HR 0,75, IC 95% 0,64-0,89), haciéndose significativa la diferencia al cabo del primer año. No
hubo diferencia significativa en la incidencia de IAM o ACV, pero sí en la de IC aguda (HR 0,62, IC 95% 0,45-0,84), en la de muerte cardiovascular (0,25% vs. 0,43% anual, HR 0,57, IC 95% 0,38-0,85) y en la de muerte de cualquier causa (1,03% vs. 1,40% anual, HR 0,73, IC 95% 0,60-0,90). Entre los pacientes con insuficiencia renal basal (poco más del 28%) no hubo diferencia en la evolución. En aquellos con función renal preservada al ingreso, la incidencia de caída del filtrado según lo previamente definido fue mayor con el TI: 1,2% vs. 0,35% anual (HR 3,49, IC 95% 2,44-5,10). La incidencia de eventos adversos serios (mortales, que amenazaran la vida o motivaran internación, o bien que justificaran medidas farmacológicas o no farmacológicas adicionales) no fue significativamente diferente (38,3% vs. 37,1%; p = 0,25), pero sí hubo diferencia significativa en la incidencia de hipotensión, síncope e insuficiencia renal, en todos los casos entre el 2% y el 4% con TI y entre el 1,5% y el 2,5% con TE.
Clásicamente, las guías de práctica de las más importantes sociedades científicas han planteado como objetivo del tratamiento antihipertensivo valores inferiores a 140/90 mm Hg. No había habido hasta ahora demostración fehaciente de la ventaja de pretender valores menores. En este sentido, el estudio SPRINT constituye una verdadera novedad, sobre todo por la demostración de disminución de la mortalidad cardiovascular y total. Es interesante destacar que de los constituyentes del PF1, más allá de la muerte cardiovascular, la disminución significativa se dio en IC, sin evidencia de reducción significativa de IAM, ACV o empeoramiento de la función renal en aquellos con compromiso previo de esta. Ello lleva a plantearse el posible vínculo entre la mortalidad y la incidencia de IC. Una publicación más detallada contribuiría a aclarar el punto. El TI implica 1 muerto menos en casi 3 años de seguimiento, y una muerte cardiovascular menos en casi 6. Algunos puntos, sin embargo, merecen remarcarse: a) el estudio excluyó diabéticos y pacientes con ACV previo, en los que ensayos previos no habían demostrado ventaja de un tratamiento tan intensivo; b) los incluidos fueron pacientes de más de 50 años y con riesgo cardiovascular aumentado (más del 60% con riesgo de eventos a 10 años ≥ 15% según Framingham); c) hubo mayor incidencia de algunos eventos adversos con el TI. Sería deseable disponer de más información al respecto, en cuanto a cuáles fueron las drogas más asociadas con la incidencia de eventos graves, y cuál fue el perfil de pacientes más propensos a presentarlos.
Mientras tanto, es claro que SPRINT representa un alerta para nuestra conducta habitual: en una proporción alta de pacientes no deberíamos contentarnos con una TAS de 140 mm Hg; al mismo tiempo, debemos estar atentos a las características basales de los pacientes, y a su evolución con el tratamiento instituido, para evitar la incidencia de eventos adversos graves. Un metaanálisis de próxima publicación en Lancet (Ettehad y colaboradores), de 123 estudios y más de 613.000 participantes, en amplio rango de cifras de TAS basal y presencia de comorbilidades, confirma, por cada 10 mm Hg de caída en la TAS, una reducción del 13% en la mortalidad total y sugiere alcanzar valores de TAS inferiores a 130 mm Hg, reforzando los hallazgos del estudio SPRINT.

Como interpretar una coronariografía

Autores:  Fernando Cohen, Carlos Rojas Matas y Alejandro Fernández

Este vídeo forma parte de la Revista Argentina de Cardiología Vol. 84 Nro. 1 enero-febrero 2016)